| Legitimidad en la comuna : La banda como actor social y constructor de ideologias |
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Por Kurt Shaw Director Ejecutivo, Shine a Light, red internacional pro niños de la calle Una mañana en Junio, unos días después de comenzar las vacaciones escolares, llegué a los Altos de Cazuca, el barrio al sur de Bogotá donde viven docenas de miles de familias que han sufrido deplazamiento forzado en los últimos años de la guerra. La calle principal pareció igual como tantas otras mañanas cuando yo había subido el cerro, con vendedores ambulantes, unas pocas tiendas, y las busetas y colectivos subiendo y bajando la cuesta. Estuve colaborando en una investigación con una ONG popular que trabajaba allí, y caminé a su sede, unos cuartos humildes encima del salón comunal.Dentro del edificio, el ambiente no era igual como el día pasado: los niños y adolescentes charlaban con voces bajas y ojos ansiosos; por fin aproximé a un educador y le pregunté, “¿Qué pasó?” “En la madrugada, la limpieza mató a 16 pelados,” me dijo. “Les dejaba lado a lado en la calle principal, donde estacionan los buses, al lado del parque. Esta semana, ya son 21 pelados masacrados.” Trágicamente, esta escena es común en Cazuca. El año pasado, en la primera semana de Septiembre la limpieza mató a 43 niños y adolescentes.[1] Tampoco es una realidad conocida: el masacre no apareció en ningún diario en Bogotá y hasta en los cículos de derechos humanos u ONGs, el chisme no pasó mucho más allá de los educadores que trabajan en los Altos. Como en muchos barrios marginales, las matanzas han llegado a ser una parte normal de la trágica cotidianidad. Los jóvenes de los Altos llaman “la limpieza” a lo que se conoce por otros nombres en otras partes: paramilitaries, autodefensas, paracos. En otros paises, se los llamaría gangue o banda o mara o quadrilha, porque obecedecen la misma estructura institucional: un actor armado para-estatal que gana sus recursos por la organización del crimen y el control social. Por lo general, pensamos que tales grupos armados mantienen su poder a través de las armas y el miedo, y el caso que yo relato en Cazuca parece cuadrar con este sentido común: el masacre siembra terror en la comunidad para subvertir cualquier amenaza a la hegemonía de la banda.[2] Este ensayo pretiende desafiar a este sentido común. Sin negar la fuerza del terror que forma parte de la política de la banda, quiero analizar cómo los actores armados se legitimizan en frente del pueblo, cómo es que ganan el apoyo o la colaboración de una buena parte de la de los habitantes de los barrios que controlan. Para entender la legitimidad de los actores para-estatales armados, es fundamental entender que también son actores sociales y prestadores de servicios, y que ganan su mando a través de los recursos necesarios que brindan a la comunidad. Así que en las páginas que siguen, voy a examinar los insumos de recursos que las bandas brindan a sus comunidades, tantos como la seguridad, el empleo, y los servicios sociales. Esta análisis nos llevará a examinar las prácticas del clientelismo popular que fundamentan el ejercicio de poder en muchos paises latinoamericanos. Después, quiero examinar el proceso por el que las bandas crean los problemas a los que se presentan como soluciones – cómo construyen la necesidad de su propia existencia. Este tema no es sólo académico: creo que ofrece nuevas opciones para pensar el activismo político en comunidades controladas por actores armados. La banda como actor socialHernando Roldán, uno de los observadores más astutos de la violencia colombiana, describe la historia de la violencia en Medellín con la siguiente esquema
Este esquema explica la organización del Cartel de Medellín, el que emerge de los combos de los 80s, tanto como el desarrollo de las milicias, el control de la guerrilla, y la fuerza actual de los paramilitares (ahora entre etapas 2 y 3). Lo que es importante es reconocer que este proceso sucede en una dialéctica con el público, el que, por lo general, se entusiasma por la imposición de orden y se cansa con la corrupción y la violencia. En un contexto de violencia anárquica, el público está dispuesto a otorgar legitimidad al actor que puede brindar una alternativa. Es importante no permitir que el aspecto militar (la victoria de una banda a las otras) oculte el aspecto político (la legitimización de la población) de este proceso. Francisco Gutiérrez entrevistó muchos paramilitaries, milicianos, y otros líderes armados para intentar entender las bases de su discurso. Sumariza sus fascinantes conclusiones así: "Los entrevistados, con pocas excepciones, hacen hincapié en su… instauración de un orden específico, que se ancla en nociones de reciprocidad, educación cívica, defensa de valores tradicionales (como cierta moral sexual, por ejemplo) y estados de ánimo (tranquilidad) preturbados desde afuera."[4] Los civiles en los barrios violentos compartirán algunas de estas justificaciones por la hegemonía de la banda y añadirán otras. En los Altos de Cazuca he observado cuatro bases de la legitimidad de las bandas, y quiero examinarlas en las páginas que siguen: 1. Seguridad 2. Economía 3. Servicios sociales 4. Valores Estos servicios sí brindan una suerte de legitimidad, aunque no lo creamos. No es sólo que no haya revolución armada contra las bandas, ni tampoco la actitud callada y quieta que la gente del barrio tiene en frente de la banda. En realidad, una encuesta en 1997 mostró que la gente de los barrios pobres quiere el cambio menos que la quiere la gente de las clases más altas, como se conpreuba en una cifra muy inquietante: "El porcentaje de hogares que se manifiesta de acuerdo con el statu quo es casi 2.5 veces superior en el nivel con más bajos ingresos que en el de mayores ingresos."[5] Aunque no queramos confiar plenamente en esta encuesta, indica que los que viven en areas bajo control de bandas, guerrillas, y paramilitares aprueban la autoridad más que los que viven en areas bajo el control del gobierno.[6] En efecto, muchas bandas tienen más legitimidad que el mismo Estado. Seguridad y TranquilidadEs fácil pensar en las bandas como actores violentos, particularmente cuando examinemos las cifras de asesinatos en los barrios marginales de Medellín, Bogotá, o Rio de Janeiro. Sin embargo, ya que la banda se establezca, ni se define ni es definido por el pueblo de esta manera. En contraste, las acciones violentas de la banda se consideran acciones “constructoras de orden,” acabando con, y no participando en, la violencia. Los grafitis en Altos de Cazuca ilustran esta ideología: “Muerte a rateros”; “muerte a marijuaneros” ; “Muerte a ratas y visiosos [sic] y bioladores [sic]”; “objetivo viciosos”; “Muerte al que allude [sic] el guerrillero”; “Muerte a ladrones”. Todos grafitis son firmados por la AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Gutiérrez hizo sus entrevistas durante otra época de la violencia colombiana (1997), cuando los actores armados eran guerrilleros y milicianos en vez de paramilitares, así que es fascinante notar que el discurso de seguridad no ha cambiado, a pesar de las ideologías contrastantes de los grupos armados. Un miliciano dijo a Gutiérrez,"Somos la oficialidad de la civilidad,” y otro dijo: "Las milicias somos el brazo armado del movimiento cívico."[7] La idea sigue igual: el pueblo quiere seguridad y tranquilidad, y sólo el actor armado es capaz de brindarlas. La contradicción del actor violento que se legitimiza con un discurso pacífico se resuelve porque todo el mundo entiende que está viviendo sin el Estado, así que alguna fuerza mayor tiene que mantener la seguridad en contra de los delincuentes y criminales. En Medellín, algunos hablan de las bandas como un “Estado sin prisión”,[8]donde el único castigo disponible a la autoridad es la violencia. En Cazuca, los jóvenes cuentan que cuando uno quiebra una norma de las autodefensas, primero le amenazan; después de la segunda amenaza, hay látigos u otro castigo físico; la tercera violación de la norma lleva a la muerte. Los paramilitaries presentan una lista de los jóvenes amenezados en el parque cada semana.[9] Los pobladores de Cazuca suelen defender la violencia diciendo, “no tuvieron más opciones; con los ladrones, ¿qué se puede hacer?” En este discurso justificativo, la banda (autodefensa, actor armado grande) proteje el pueblo contra la depredaciones de las parches y la delincuencia común. A propósito de la seguridad, nos toca también hablar de la relación entre la banda y la policía. Según informantes residentes en Cazuca, hay una colaboración estrecha entre las dos. La policía no atreve subir a los Altos, pero muchas veces brinda inteligencia a la banda y sugiere a quienes les debe matar.[10] Igualmente, hay mucha evidencia que muchos integrantes de los paramilitares son policías o militares, trabajando sin uniforme.[11] En otros barrios se puede escuchar historias opuestas, donde las bandas se legitimizan por su oposición a la policía, así que mucha más investigación será necesario antes de llegar a una conclusión. EconomíaNo sólo la seguridad es un recurso escaso en los barrios marginales: también tenemos que pensar en los mercados de trabajo y de consumo.[12] En Cazuca, tanto como en muchos barrios marginales en América Latina, la mayoría de la gente trabaja en la economía informal, como domésticas, vendedores ambulantes, recicladores, transportadores, etc,[13]y con salarios de miseria. En contraste, el salario de un joven soldado que se inscriba en los paramilitaries será $400,000 pesos/mes[14](US$150), una fortuna en este barrio. También hay gran parte de la economía del barrio que circula en el tráfico de drogas, casi completamente controlado por los paramilitaries. Ellos hacen campaña contra la venta de drogas, intentando mostrar al público que trabajan por la seguridad de todos, pero esta campaña es también una defensa de su mercado. Los traficantes y expendidores reciben su empleo de la banda paramilitar y por eso les deben lealdad. El lucro de la banda también brinda beneficios a la comunidad. El dinero de una buena venta de drogas, o de un contrato para matar, se divulga a las empresas locales, tantos como los bares, los burdeles, y los mercados. Muchas empresas llegan a depender del dinero de la banda para mantener la venta, el salario de los empleados, etc.[15] Igualmente importante, los líderes paramilitares tienen intereses económicos más legítimos: son dueños de farmacias, mercados, y empresas de transporte. Según los jóvenes que viven en los Altos, “todo el mundo” sabe quienes son los líderes de la banda, así que entienden que son ellos que brindan empleo y servicios y bienes de consumo al barrio. Esta dinámica que vincula la inseguridad del barrio con los negocios del paramilitar ha llevado algunos a llamarlo un “capitalista de la inseguridad.”[16] Qué los grupos armados aprovechan de la economía para vincularse con el pueblo no es nuevo en la historia de Colombia, ni de América Latina.[17] Examinaremos más adelante cómo este fenómeno aumenta el poder de la dependencia clientelista que utiliza los paramilitaries y bandas, y cómo llega a subvertir la posibilidad de una sociedad civil. Servicios SocialesLa figura de Robin Hood, o el “Bandido Social”, como lo llama Eric Hobswarn, es muy importante para entender la legitimización de la banda. Las historias de las obras sociales de Pablo Escobar aún tienen resonancia en Medellín: la construcción de casas, la canasta básica para los pobres, canchas de fútbol… Podemos ver el mismo fenómeno en barrios marginales en muchos lugares – la idea aún forma parte de la mitología de la mafia norteamericana, como se puede ver en un sinnúmero de películas de Martin Scorcese. Un jefe de sicarios con nombre de Marcos dijo lo siguiente a Alfonso Salazar: “Todo el mundo los quiere [los jefes de bandas] porque nunca han dejado de querer al barrio, de colaborarle con la gente necesitada.”[18] Aquí, la idea de “colaboración” es fundamental: no es sólo que el jefe compra la lealdad del pueblo con sus regalías, sino que no ha olvidado de sus raíces. Mantiene los valores de la clase trabajadora: la colaboración, la solidaridad, el mamagallismo (en Colombia, a lo menos). Marcos no lo dice explícitamente, pero su discurso hace referencia a “los otros”: los políticos traidores que quedan siempre en Bogotá o Cartagena, los empresarios que crecían en el barrio pero que ya quieren borrar las huellas de su pasado. La banda brinda servicios, pero sin perder el vínculo orgánico con la comunidad – y así sin el estigma de piedad o asistencialismo que se asocia con los beneficios del Estado o la iglesia. En Brasil, las gangues grandes brindan recreación al pueblo (vale recordar el viejo dicho romano, que el pueblo sólo quiere pan y circo) en la forma de los bailes funk, grandes eventos sociales donde todo el barrio baila con la música más actualizada. En otras ciudades las bandas construyen canchas de fútbol o compran camisas para los equipos locales. También compran comida y bebida para grandes fiestas populares. Podemos pensar en estas actividades como poco importantes, pero forman gran parte de la legitimidad de los grupos armados. En Medellín en los últimos años, las bandas paramilitares han comenzado a crear sus propias ONGs para brindar servicios sociales a la gente: hay grupos promotores de deportes, otros que organizan mujeres o jóvenes, otros que prometen mantener seguridad en los barrios. Aun más complicado, los paras ofrecen grandes recursos a los grupos juveniles independientes, en cambio por afiliarse con los paras y su proyecto político.[19] Aquí vemos que la meta de los paras no es sólo brindar servicios sociales, sino también acabar con los espacios sociales independientes. Es notable que en Altos de Cazuca, los paramilitares no han tomado este camino a la legitimidad: es la municipalidad y no la banda que construyó el parque y las ONGs que organizan las fiestas populares. Puede ser por eso que entre los jóvenes, los paramilitares reciben menos apoyo que entre otros grupos sociales. ValoresAnalizando las últimas tres categorías, creo que cada barrio con fuerte presencia de actores armados o criminales se reconocerá. Es la cuestión de valores donde los grupos armados urbanos colombianos se distinguen[20]: los jóvenes en Cazuca (tanto como en los barrios populares de Medellín) saben que serán amenazados no sólo por la criminalidad ni por activismo en contra de las bandas, sino también por violación de unas normas sociales. A las muchachas, no se les permite la ombliguera (una camisa que muestra el umbligo), a los varones, no les permite aretes o cabello largo. En Cazuca en Mayo, los paramilitares mataron a un joven negro porque se acostó con una mujer que no fue su esposa.[21] La idea de los grupos armados, según Gutiérrez, es que el subdesarrollo colombiano surge del desorden de la vida cotidiana, así que la solución al problema es la disciplina: "Un discurso centrado en el autocontrol y lo que Foucault llama la gobernabilidad (autogobierno), la capacidad de manejar y ordenar las pasiones. Así, pues, Cicerón en el trópico en lugar de Hobbes en el trópico."[22] La disciplina que impone la banda (la “limpieza”) es un tipo de pedagogía armada, la que fuerza el pueblo a disciplinarse. Igualmente, la participación en los grupos armados lleva a la disciplina necesaria para vivir en la sociedad que imaginan los paramilitaries: "La participación en la lucha armada también se representa como la adquisición de distrezas superiores... el término limpieza... adquiere aquí una inflexión pedagógica."[23] Creo que es importante ubicar esta práctica dentro del contexto social colombiano. Varios amigos me han dicho con orgullo que Colombia gasta un porcentage mayor en productos de higiene y limpieza que cualquier otro país, un hecho que manifiesta la “superioridad moral” de Colombia.[24] Igualmente, tenemos que recordar que el modelo pedagógico colombiano surge del sistema religioso, donde la educación no era tanto una cuestión del desarrollo de destrezas intelectuales, sino de disciplina de comportamiento (cómo arreglar la cama, postura correcta, doctrina, etc). La “pedagogía armada” de los paramilitares surge de esta definición de la educación, intentado disciplinar las pasiones en un contexto ya más secular. Gutiérrez descubrió que los policiales y militares operaban con el mismo discurso: "La solución ofrecida en ambos casos, tanto del miliciano como del policial, era someterse a la pedagogía armada; es decir, que la organización armada se revindica como educador cívico en condiciones particularmente difíciles."[25] Tenemos que notar aquí que es una pedagogía armada que en su forma perfecta, ni tiene pedagogos. Gutiérrez cuenta una historia terrible de una muchacha asesinada por los paracos: se les preguntó por qué la habían matado, así que ellos respondieron, “nosotros lo la matamos. Ella se mató.” Resulta que hacía un mes, le habían amenazado por vestirse de ombliguera. Volvió a vestirse así, así que le castigó físicamente. Volvió a vestirse igual, así que le mataron. "Fueron sus propios errores, su incapacidad de aprender, los que la mataron; no hubo ni agente ni víctima."[26] Estos valores sirven como auto-justificación, una manera de lavar la conciencia de los asesinos; sin embargo, también sirve un papel de legitimización en frente del público. Los habitantes de los barrios marginales de Medellín, tanto como los de Cazuca, han sufrido desplazamiento forzado del campo y viven en un contexto liminal entre los valores posmodernos-urbanos y los tradicionales-campesinos. Los valores que los grupos armados – tanto los paramilitares de hoy como las milicias o guerrillas de ayer – son valores campesinos: control sobre la sexualidad y el vestimento, reciprocidad,[27]respeto a autoridad, honor, venganza…[28] También mantiene una forma del egalitarianismo campesino: una líder comunitaria en Cazuca lamentó, “uno briega a salir adelante [pero] la gente es envidiosa.”[29] Aunque los de la banda avanzan, mantienen todos los demás en una condición igualitaria, evitando el celos y envidia que siempre se asocian con la transición a la modernidad y capitalismo. Todo este sistema de pedagogía armada, la que pretiende mantener los valores tradicionales en frente del capitalismo y la modernidad, sirve como mechanismo de legitimización de la banda. La banda queda “al lado” del pueblo, compartiendo sus valores y identificándose con el. La actividad de la banda perjudica a los intereses de la comunidad, pero esta identificación semiótica-ética supera la lucha material.[30] El clientelismo armadoSi queremos entender el poder del las bandas armadas, no basta reconocer que son actores sociales que se legitimizan a través de los “beneficios” que traen a la comunidad. También tenemos que analizar la vieja tradición ibero-americana de clientelismo, el mecanismo ideológico que ata la comunidad al actor armado/social. Podemos hacer una geneología del clientelismo comenzando en el imperio romano, cuando los patricianos ejercían su poder a través de un sistema de beneficios que brindaban a los plebeyos. En cambio por su apoyo en las luchas políticas y armadas, un hombre poderoso ofrecería comida, tierra, empleo, o seguridad a sus clientes. Estas relaciones se perduraron más allá de la caida de Roma, se instauraron en la península ibérica, y llegaron al Nuevo Mundo. "Es estado español controlaba la sociedad indirectamente a través de una estructura de poder local y regional: cabildos de notables locales, de hacendados, mineros, y comerciantes, ejercían el poder local y administraban la justicias en primera instancia, en nombre del poder de hecho que poseían de antemano… Poder militar era ejercido principalmente por milicias ciudadanas, generalmente bajo el mando de los notables locales."[31] En algunos paises latinoamericanos (partícularmente México y Argentina), la modernización forzó unos cambios en esta dinámica: la industrialización, el comercio mundial, y la inmigración promovieron el desarrollo de un Estado moderno, con controles más verticales, lógicos, y burocráticos sobre la sociedad. En Colombia (tanto como en muchos otros paises latinoamericanos), este proceso de la modernización del Estado jamás era más que un proyecto de unas élites urbanas y cosmopolitas. El país seguía fundamentalmente decentralizado, con poder ejercido por gamonales locales que debían lealdad formal al Estado – manifestaado en forma de impuestos – pero en realidad tenían plena libertad de explotar sus territorios como querían. Era – y sigue siendo – un sistema más parecido al fuedo medieval que al Estado moderno.[32] En este contexto, los líderes locales (gamonales, cabildos) mantenían su poder a través de estructuras formalmente clientelistas: ayudaban a sus campesinos o trabajadores en cambio por su lealdad. Después de la Guerra de los Mil Días, el Estado colombiano vio la necesidad de centralizar su autoridad, pero sabía que no tenía ni el dinero ni el poder militar para controlar todo el territorio disperso, dividido, y montañoso. Así que decidió aprovechar de los poderes locales, apropiándolos dentro del sistema. "El poder estatal no se ejerce a través de instituciones modernas de carácter impersonal, sino mediante la estructura de poder previamente existente en la sociedad local o regional."[33] Así, en vez de incoporar la gente en un Estado de Derecho moderno, con sistemas de ley y autoridad impersonal, el poder en Colombia seguía ejercido por los mecanismos de poder tradicionales, centrado en el intercambio de favores o beneficios por lealdad. Los partidos políticos tradicionales (Liberal y Conservador) también intentaron incorporar las estructuras tradicionales de poder, utilizando el dinero del Estado para apoyar a los cabildos leales y para punir a los del partido contrario. Esta dinámica llevó a al desastre de la Violencia que siguió el asesinato de Jorge Eliezar Gaitán, no sólo por la violencia misma, sino también porque fundó una nueva dinámica clientelista, lo que Fernando Cubides llama el “clientelismo armado”.[34] Ahora los patrones locales no eran sólo los líderes tradicionales, ni los partidos políticos, sino que las guerrillas conservadoras y liberales. En en transcurso del tiempo, los sistemas de clientela llegarían a centrarse en las FARC, el ELN, los varios grupos paramilitares, los narcotraficantes armados… En este nuevo contexto, el Estado era sólo uno de varios actores armados que podrían centrar un sistema de clientela – y en muchos casos, el sistema menos eficiente desde la perspectiva popular. Aquí llegamos al paso más importante de esta análisis: la legitimidad política, tanto de los actores para-estatales como del Estado, se fundamenta en los beneficios que el patrón puede brindar a sus clientes. Según la filosofía política moderna, el Estado moderno gana su legitimidad por su capacidad de hacer cumplir la Ley – por ser un actor impersonal y objectivo – pero dentro de la perspectiva de la mayoría de los colombianos (y, yo diría, la mayoría de los latinoamericanos), el Estado jamás entró en este juego de legitimidad. En vez de buscar legitimizarse en términos modernos, se legitimiza a través de la clientela: ¿Cuales beneficios puede brindar a sus clientes? El problema es que el Estado jamás terá la eficiencia clientelista de los actores armados o para-estatales. A pesar de su corrupción, no ganará tanto lucro en el tráfico de drogas; tiene compromisos con los derechos humanos que las bandas no tienen; tiene que suportar una burocracia mucho mayor. Tal vez más importante, habrá algunos sectores del Estado que buscan constituir un Estado moderno, creando así una contradicción que impede la función del clientelismo. "Lo curioso es que imputan (y creo que con razón) al Estado y sus agentes un comportamiento similar. El Estado no juega limpio, puesto que fluctúa entre el adentro y el afuera..."[35] Es interesante notar que la retórica del Estado – la idea que sea un árbitro imparcial – hace que pierde legitimidad en los barrios marginales. “El gobierno dice que es para todos, pero sólo ayuda a los del Norte [la parte rica de Bogotá],” dijo un joven de Cazuca. “Es tan hipócrita: usted no puede confiar en nada de lo que dice.”[36] En contraste, el cinismo hacia los actores armados es tanto que pocas veces se le acusa de hipocrisía: todos entienden que sus acciones son plenamente clientelistas, mientras que las acciones clientelistas del gobierno – cuando ejercidos a favor del otro – serán interpretados como “corrupción.”[37] Ramos nota que todos los “éxitos” políticos en el barrio de Berlín (Suba, Bogotá) – alcantarilla, agua, luz, legalización de propiedad – pasaban sólo a través de la politiquería.[38]Sí, la gente agradecerá la intervención de sus representantes con votos, pero también saben que era una grande lucha. Si una banda hubiera ofrecido los mismos servicios, la lealdad del pueblo hubiera pasado fácilmente a ella – y es interesante notar que en muchas ciudades, las bandas brindan luz,[39]agua,[40]y servicio de basura, tanto como la legirimización de la propiedad. El resultado es el siguiente: La ideología vigente fundamente la legitimidad de su autoridad encima de los beneficios que un patrón brinda a sus clientes. En los barrios marginales, las bandas armadas – sean pandillas organizadas, paramilitaries, milicias, etc – ofrecen relaciones de clientela más eficaces que las del Estado. Es así que las bandas ganan la legitimidad: por manipular el clientelismo más efectivamente. Lo que aún nos falta es entender cómo las bandas logran este juego ideológico, cómo definen la legitimidad en estos términos. Para analizar esta dinámica, tenemos que volver a la cotidianidad del barrio marginal. La construcción de la legitimidadEl proceso que acabo de describir – que el actor armado juega al clientelismo más efictivamente que el Estado – esconde toda la mecánica de la construcción de la legitimidad. Las dinámicas que llevan al poder de la banda armada también tienen que desconstuir la legitimidad de todos otros actores y procesos, sean tradicionales o modernos (o pos-modernos). Concientemente o no, la banda construye los problemas y para después presentarse como la solución. Este proceso dialéctico no es fácil entender, así que quiero analizarlo en cuatro aspectos diferentes:
Ojalá estos pasos nos ayuden a entender nuestra cuestión fundamental: cómo la banda logra ganar el apoyo de tan grande parte del público. En otro sentido, creo que nos ayudará a entender la función (y desfunción) del Estado, y empezar a pensar nuevas intervenciones en los barrios marginales. La banda y sus enemigosHace dos años cuando estuve en Medellín, la balacera era tan intensa que cada noche me tenía que esconder detrás de varias paredes de cemento; varios petardos explotaban cada noche en el barrio donde estuve alojado con unos amigos. Ahora, como saben los paisas y como habrán notado los extranjeros, todo es diferente: uno puede caminar tranquilo por el barrio Guayaquil, no hay batallas cada noche en la Comuna Trece ni en las nororientales. Esta nueva paz se debe, fundamentalmente, a la victoria de las bandas paramilitares, afiliadas con las Autodefensas Unidas de Colombia. El pueblo siente un alivio, un descanso. Podemos ver el mismo proceso en los Llanos, donde la victoria paramilitar ha liberado muchos campesinos de la guerra eterna que habían padecido. También escuchamos sentimientos de alivio y descanso entre los habitantes de las favelas en Rio de Janeiro, casi contentos con la dominación del Comando Vermelho después de años de violencia y delincuencia común. La promesa de seguridad es una fuerte base para legitimizar la banda. Sin embargo, falta un paso para llegar a esta legitimidad: la pregunta ¿seguridad contra quien? La banda necesita una amenaza exterior o interior para justificar su existencia y para esconder sus crímenes, así que hará tanto como pueda para crear esta amenaza.[41] Hay dos pasos aquí:
La impotencia del EstadoLa banda no actúa sólo en su lucha para des-legitimizar el Estado; tiene muchos aliados, desde el Banco Mundial, el FMI, y el gobierno norteamericano hasta los mismos funcionarios corruptos del gobierno. Todos estos actores constituyen un sistema que abre espacio para que surja la banda armada como actor legítimo. La lección fundamental de la banda es que la política no sirve, que las soluciones a los problemas comunes no se encuentran en el escenario público. A los líderes armados, "la política parece una desgracia fundamental."[42] Para enseñar esta ideología al público, hay varias etapas necesarias: hemos hablado de unas, de cómo la banda se muestra un patrón más eficaz que el Estado. También debemos notar cómo su esfuerzo para subornar los políticos tiene dos consecuencias: de un lado, logra los fines puntuales de la banda, pero de otro, des-acredita la política como espacio público. Este corrupción subvierte toda ideología y, más importante, fometa la idea que que “todos los políticos son ladrones.”[43] De esta manera, la banda se justifica y se legitimiza diciendo, “el Estado es sólo otro actor armado, otra banda.” Esta ideología sirve a ellos, pero también es verdad: todos los que habitan los barrios pobres saben que los políticos sólo suben para mentir y buscar votos, y la policía no sirve el pueblo. Como dice Haidy Duque, en Cazuca la agua y los políticos suben de la misma manera: en los camiones de los poderes locales – pero los políticos sólo suben cada 4 años.[44] Todo mundo – o más bien, los con poder – tiene interés en deslegitimizar el Estado. Este abandono y corrupción por parte del Estado sirve de justificación para la dominación de la banda: "Así, pues, la doble renuncia del Estado, moral y pedagógica, justifica y a la vez crea los particularismos territoriales. En los territorios excluidos no existe ley, por lo tanto, hay que refundirla."[45] Y más interesante, la retórica de la legitimización pos-moderna sirve mejor a la banda que al Estado – esto es verdad tanto del discurso neo-liberal (de derecha) como el discurso anti-asistencialista (de izquierda). Es fascinante escuchar el discurso de los paramilitares colombianos, los que hablan de los derechos humanos, de la autonomía local, de la participación social… Después de mediar una tregua de paz entre una comumundad y los paras, Hernando Roldán me dijo, “Es cómo si todos hubieran asistido una ‘escuela nacional de retórica paramilitar’, porque ahora todos hablan así!”[46] "Por eso, en un giro perverso, la economía moral creada por el Estado faltón conecta con las nociones de la ciudadanía vivida por los actores armados. Permite articular la violencia en un lenguage de derechos e incoporporaciones, similar por lo tanto al lenguage de los ciudadanos."[47] Este proceso a la vez constituye y es constituyente del “Estado Faltón”,[48]un término que surge del dialecto pandillero, donde “faltoniar” es traicionar, prometer y no cumplir. No es sólo que la hipocrisía del Estado legitimiza la banda, sino que "[I]ncreíblemente, trágicamente, en un bizarro juego de espejos, el Estado imita a sus imitadores, y justifica sus ilegaldades, atropelos, y violencias sobre la base de que ‘los otros también lo hacen’."[49] El enemigoLos políticos (o “politiqueros”, como se dice en Cazuca), tanto como la banda, aprovecha de este “bizarro juego”, porque es así que los políticos ganan votos (y así dinero y poder) y que las bandas ganan legitimidad (y así dinero y poder). El pueblo sólo sufre del juego, y por eso tenemos que volver a la construcción del enemigo – si no hubiese enemigo,el pueblo no habría apoyado la banda. Sin la presencia del Estado como árbitro imparcial, la banda tiene el poder de definir el enemigo como quisiera. Cuando la banda surge como poder independiente, es fácil encontrar su enemigo: son los restos de las viejas bandas, la guerrilla, las milicias, la memoria de Pablo Escobar… La banda gana la legitimidad mientras establezca un orden que los otros actores habían traicionado (faltoniado). Por este motivo, las bandas tienen que seguir en una cacería de brujas contra las huellas de su viejo enemigo: no tanto porque siguen amenazando a su poder, sino para recordar a todos que la banda llegó a poder para salvar el pueblo del viejo enemigo.[50] En muchos casos, el viejo adversario seguirá existiendo: en el campo colombiano, el vaivén del control de los paracos, la guerrilla, y el ejército siempre justificó el poder de la banda, porque todos temían la vuelta del viejo opresor. Sin embargo, los paras y el ejército ahora van ganando, lo que causas problemas para la legitimidad de los paras, tanto que ahora en Meta y Caquetá, dos frentes de los paras han empezado a guerrear el uno contra el otro. En un sentido, cumple con la lógica de los “capitalistas de la inseguridad,” pero también obedece la ley que exige un enemigo para legitimizar la banda. Sin embargo, siempre serán los “parches” o pandillas pequeñas y desorganizadas que sirven mejor para legitimizar la banda. Porque la gente siente miedo de los pequeños ladrones y atracadores, prefieren la opresión de la banda organizada al caos de la delincuencia común; ya conocemos bien esta dinámica. Lo que no entendemos aún es cómo la banda crea y construye el parche, cómo sus acciones forman el enemigo que justificará su poder. Aquí voy a hablar del caso particular de Cazuca, pero creo que podemos generalizar a otros contextos, tanto Medellín como Rio de Janeiro o San Salvador. Empecemos con la definición que una joven ofrece para el término “pandilla” o “parche.” "La pandilla, es un grupo, que los une la amistad y que tiene la misma manera de pensar, es decir, que solamente robando es que pueden tener las cosas que ellos necesitan y lo del vicio que los une a todos."[51] Muchos observadores de los parches han notado el mismo fenómeno – que es el “vicio que une a todos” – pero pocos han pensado en quien brinda el vicio. En Cazuca tanto como en Rio o Medellín, es la banda que trafica en y vende la droga; la droga forma la base de su riqueza. La banda intenta controlar el uso de la droga, permitiendo su uso sólo en los expendios autorizados, porque pierde legitimidad si el pueblo observa el consumo en la calle, pero como ya saben muchos policiales, nadie puede controlar la droga. Ya producida, encuentra su mercado, y los adictos la usarán de su propia forma. Los parches pequeños se forman en los expendios de droga, por la droga que los une, y para organizar el robo que necesitan. De esta manera, los actos de la banda producirán el enemigo que después la legitimizará en los ojos del público. Vale la pena mencionar que esta dialéctica sirve como ejemplo perfecto de las teorías de poder de Michel Foucault: el poder construye su propia resistencia, y esta resistencia legitimiza el poder.[52] El discurso de los pequeños parches será lleno de referencias a la injusticia de la banda hegemónica, que se quieren defender en frente de la violencia de la banda. Sin embargo, Cazuca también manifiesta las limitaciones de esta filosofía, porque no todas las resistencias sirven a los intereses de las bandas ni el funcionamiento del poder: la danza, canto, y teatro de los jóvenes de Taller de Vida es un buen ejemplo.[53] A pesar de buenos ejemplos de resistencia creativa en los barrios controlados por las bandas armadas, podemos decir fácilmente que las bandas han tenido mucho éxito con este juego de espejos. Por deslegitmizar el Estado y imposibilitar su actuación como árbitro imparcial, pueden construir y formar grupos que parecen amenazar el pueblo. Cuando ellos llegan a “salvar” el pueblo del peligro, logran legitimizarse. SujeciónLegitimización es un proceso ideológico. No es sólo una cuestión de brindar servicios, bienes, o seguridad a la gente; la banda también debe construir un ambiente intelectual donde sus “servicios” son importantes. En los términos de la sociología contemporanea, la banda debe construir la sujetividad del público que la acogerá. En este sección, quiero analizar como la banda crea sujetos egoistas, temorosos, y estancados dentro de unos valores medievales. Estos sujetos serán fáciles de sujetar. Casi todos los habitantes de Cazuca han sufrido desplazamiento forzado; en la mayoría de los casos llegan del campo y han sufido mucha violecia de la guerra. Si pensamos en las favelas de Rio, las comunas de Medellín, o los barrios pobres de San Salvador, veremos un fenómeno parecido, causado tal vez no tanto por la guerra, sino por pobreza campesina, urbanización, y deportación desde los Estados Unidos. En todos casos, son migrantes que han perdido gran parte de su comunidad y que han perdido mucha confianza en las relaciones humanas. Son estas relaciones humanas, las redes comunitarias de base, que permitían la convivencia en las comunidades tradicionales – pero también hubieran ofrecido una alternativa al control de la pandilla. Si la comunidad tiene técnicas orgánicas de resolver sus conflictos, de encontrar recursos económicos y sociales, de controlar la violencia… entonces no necesita la banda. Así que la banda tiene que destruir el tejido social – la que queda después de la migración a la ciudad. Haidy Duque nota que los actores armados logran crear los pecados capitalistas entre el pueblo – “el celos, la agresión, la angustia” – porque así promueven su esfuerzo de control social.[54] Vemos que aún en Medellín, donde el aspecto ideológico del conflicto urbano parece sobresaliente, la mayoría de los asesinatos son por motivos personales o económicos: venganza, amor traicionado, un contrato faltoniado, un conflicto sobre espacio.[55] La violencia endémica en los barrios marginales crea una sujetividad desconfiada y egoista, el pensamiento que sólo con violencia uno puede conseguir lo que quiere, que cualquiera le puede traicionar, que “cualquiera puede ser sapo.”[56] Marcos, el líder de un combo de sicarios entrevistado por Salazar, dice, "Por eso es que uno piensa que cada uno busca salvarse como pueda. A nadie se la va a creer que va a ayudar al próximo. ¡Qué va! Que se salve el que pueda."[57] Y un jóven entrevista por Ramos tiene una perspectiva parecida: “La gente va es por lo que va, por interés propio.”[58] Lo importante aquí no es criticar a estas voces por su “egoismo,” sino notar cómo el ambiente del barrio violento constituye esta sujectividad. La gente migrante lamenta un paraiso perdido de solidaridad campesina – “Aquí no es cómo allá: cada uno es cada uno”[59]– y llegan a asumir los valores del capitalismo nasciente. El capitalismo moderno re-emplaza la confianza orgánica de la familia y la comunidad con la seguridad del mercado y el Estado. Si alguién quiebra un contrato, hay recurso a la policía y las cortes. La banda busca un capitalismo aún más salvaje: rompe los lazos de confianza y se presenta como el único árbitro de justicia. “¿Tu vecino sedujo tu esposa? Así que lo matamos.” “¿Tu vecina construyó su casa encima de tu terreno? Así la damos látigo.”[60] Con la falta de técnicas tradicionales de resolver los conflictos, y con sólo el Estado faltón como rival, la banda se hace esencial para imponer orden y “justicia.” El egoismo – cultivado en gran parte por las acciones de la banda – forma la base ideológica del papel de la banda. Sin embargo, hay una paradoja – o a lo menos una contradicción – interesante en la producción de valores en los barrios controlados por los actores armados. Para mantener su poder, la banda necesita cultivar valores capitalistas, como el egoismo y el individualismo, pero su discurso explícito se basa en una serie de valores pre-modernos: honor, venganza, pudor, patriarcado, la autoridad tradicional… Estarán capaces hasta de matar personas que violan este viejo código de honor, y ciertamente matarán en nombre de la venganza, pero borran la parte buena del sistema tradicional de valores: la solidaridad, la confianza, los vínculos comunitarios. La banda se definirá como “más cerca al pueblo,” como la verdadera representante de la comunidad. Dirá que el Estado y los políticos han perdido sus raices y han entrado plenamente en una modernidad secular, una sexualidad desenfrenada… que han perdido sus valores. Así que la manutención de los valores de “honor, venganza, y desafío”[61]forman parte de una lucha para legitimizarse – y para borrar el hecho más fundamental que son las bandas que destruyen los valores de solidaridad y amistad de las que la gente siente nostalgia. Esta paradoja se evidencia en la construcción del espacio público en Cazuca. En barrios y veredas tradicionales, la calle y la plaza son espacios de encuentro, de charla, de comunidad. Es aquí donde los niños se socializan, donde los adultos mantienen sus amistades, y donde todo el mundo soluciona los problemas cotidianos del barrio. También es el espacio de la fiesta, del deporte, del coqueteo… En Cazuca, los paracos hace todo lo que pueden para destruir el aspecto comunitario del espacio público. La lista de jóvenes amenezados aparece en una pared cerca al parque. Los cádaveres se dejan en la calle principal, entre el paradero de buses y el parque. Las paredes se cubren de grafiti que amenaza a todos. No es sólo el espacio: la banda también coloniza el tiempo público, porque las épocas de las grandes matanzas son Semana Santa y las vacaciones escolares.[62] Cualquier persona que sale a la calle después de las 6PM será blanco de tiro para los paramilitares. Y si hay una fiesta popular, tendrá que acabar con una muerte.[63] La banda se presenta como el defensor de la comunidad y sus valores, pero la lógica de su propia existencia exige que acaba con los espacios y tiempos donde la comunidad se puede constituir. Algunos habitantes del barrio, particularmente los jóvenes, se dan cuenta de la paradoja, así que critican mucho la “hipocrisía” de los paramilitares[64], pero aún la mayoría de la gente no es conciente de la contradicción. La PasividadSi hablamos de la sujeción de la comunidad, no podemos olvidar su aspecto central: la construcción de la pasividad del pueblo. Muchos de los “servicios” que la banda brinda a la comunidad son procesos que la comunidad misma podría realizar: empleo, resolución de conflictos, apoyo para los desamparados, seguridad, recreo… Sin embargo, si la comunidad misma sea protagonista del proceso, la banda pierde su razón de ser y su legitimidad, así que los actores armados deben hacer todo lo posible para subvertir el protagonismo del pueblo. Necesitan sujetos pasivos. No son sólo las bandas que quieren la pasividad de la gente – son casi todos los poderes de Colombia. El artista Fernando Botero es uno de los observadores más agudos de la coyuntura colombiana, y es interesante notar los dos rasgos sobresalientes de casi toda su obra: sus figuras son gordas y tienen las bocas cerradas. Parecen personas bien enredadas en sistemas de clientela, donde reciben comida en cambio por su silencio. La promesa de casi todos los “patrones” en Colombia – el Estado, la iglesia, la guerrilla, las bandas – es sencilla: te brindamos una buena vida si no causas problemas, si estás quieto y pasivo. Las bandas compran el silencio, pero también lo forzan, como lo indica un dicho campesino colombiano: “Con gente de armas, no es cuestión de favores sino de obligaciones.”[65] Son los líderes comunitarios, los protagonistas y activistas que siempre se encuentran amenazados y asesinados por las bandas. Cualquier persona que actúa des-legitimiza la banda, así que será castigado con la muerte. En un taller político con un grupo de jóvenes líderes comunitarios de Cazuca, ellos representaban la diversidad de los cuerpos vividos colombianos, desde los africanos de Chocó hasta los campesinos tradicionales de Boyacá. Después, dos actores intentaban representar cómo se vive el cuerpo en los barrios controlados por las bandas: sus ojos no salían del piso, sus hombros caían, sus espaldas se pusieron redondas. Caminaban ansiosamente, siempre mirando pa’tras, con pasos repentinos. Los jóvenes decían que el miedo en Cazuca era tan intenso que el mismo cuerpo tenía que transformarse, de ser un sitio de control en vez de un sitio de goce – una diferencia trágica para jóvenes que vienen de las culturas alegres del Caribe y el Pacífico. También decían que las bandas querían construir cuerpos que no podían actuar, que fueron dependentes, que no hacían nada.[66] Por lo tanto, la construcción de la pasividad, a través del miedo tanto como de la dádiva, forma parte de la legitimización de la banda. La banda se define como el único protagonista capáz de defender los intereses de la comunidad, y en algún sentido tiene razón, porque ha destruido la capacidad de la comunidad para actuar por sí mismo. Sin embargo, aquí llegamos a otro punto donde la filosofía política de Foucault nos falla, porque este ejercicio de poder puede dar a nascer una resistencia eficaz. Una niña en situación de desplazamiento me dijo, “Es que todo el mundo aquí dice ‘tú no puedes,’ así que tengo que hacerlo, si sólo para enseñarles que se equivocan.”[67] Entre los jóvenes, la pasividad que la banda intenta imponer sólo sirve de motivo de rebeldía y de protagonismo. Promete otra relación de poder, no sólo el viejo clientelismo de gordos con bocas cerradas. Creo que es por eso que la hegemonía de la banda jamás llega a estabilidad en los barrios marginales de Colombia: porque los jóvenes no están dispuestos a ser pasivos. Hipocrisía y cinismoPara entender el proceso de la legitimización de la banda en los barrios marginales, tenemos que analizar otro fenómeno más: cómo es que la banda esconde la evidente hipocrisía de sus acciones. En Cazuca, las bandas prohiben el consumo de drogas en la calle, pero venden drogas en sus propios expendios. Controlan la sexualidad de los demás, pero viven una decadencia sexual tremenda. Condenen el robo, pero roban. Crean la inseguridad que justifica su existencia. La lista podría ser infinita, y entendemos muy bien el coro de la canción “La hipocrisía” por el grupo rapero cazuqueño Combo Negro: “La hipocrisía y la maldad son cosas que ‘n el barrio nos quieren perjudicar sí. La mentira es un factor de venganza que a nosotros jóvenes nos deja sin esperanza… Muchos desplazados de la guerra sin fin No recuerdan cada día que’l que mata es un ruín.”[68] A pesar de la crítica que ofrecen algunos raperos y activistas jóvenes, parece que la hipocrisía institucionalizada no des-legitimiza la banda en los ojos de la comunidad. Nos tenemos que preguntar ¿por qué? Creo que la respuesta yace tanto en el cinismo como en la estructura inconciente de la ideología. Hay una serie de dicotomías estructurales dentro del pensamiento del barrio marginal colombiano que serán evidentes sólo para los que viven allí. Entre las más importantes se encuentra la oposición entre el “parche sano” y el “parche duro”,[69]una distinción mediada por la categoría de “lo serio.” Dos de los líderes armados entrevistados por Salazar captan bien la idea: “En el barrio hay muchos niños que quieren meterse en la delincuencia. Yo lo único que les digo es, si lo quieren hacer, que lo hagan seriamente.”[70] “El gremio mío es muy distincto al de las bandas de esquina. ¿Me entiendes? Nos mantenemos en casa, con gente seria, a lo correcto.”[71] El uso de “serio” nos enseña algo muy importante sobre la ética y la moral. El bien no existe por si sólo; existe sólo en contradistinción al mal. Si alguién se puede colacar al lado “bueno” de una dicotomía, con la idea de que no hay mejor opción, no hay problema éticos.[72] Para los de las bandas, la distinción bueno/malo casi no existe; la estructura ética que importa es la de serio/poco serio. Los de la banda claramente están del lado de los “serios”, así que son buenos – o a lo menos, tan buenos como pueden ser. Duque presenta un esquema más profundo, cuando nota que hay un sistema de tres partes: niño=calle/joven=esquina/adulto=casa.[73]Cada paso en el proceso de “madurar” lleva uno más cerca a “lo serio”: notemos que en la segunda cita Marcos, el líder del combo de sicarios, dice que “nos mantenemos en casa, con gente seria, a lo corrrecto.” [énfasis mía] El niño y el joven son poco serios, porque quedan fuera de la casa, en vista pública. El adulto, quien queda dentro de la casa y ejerce su poder a escondidas, no es sólo serio, sino también correcto. La ideología del parche pequeño (“duro” en la jerga de Bogotá) es el contrario, no basado en lo serio, sino en “loquear.” Es un nihilismo puro que toma como su único valor el goce del día y que alaba a los que no piensan en la mañana. Un informante de Ramos le dijo, cuando preguntado por lo que valió en la vida, “Loquear hasta que pueda porque se va a acabar el tiempo.” Su amigo añadió, “Créalo, gozar la vida.”[74] Toño, un parcero[75]entrevistado por Salazar, recordó con estas palabras un amigo muerto: “Era un gozón tremendo, repetió todos los días que estábamos en tiempo extra.”[76] En frente de este nihilismo total, el nihilismo hipócrita de la banda organizada parece casi bondad. Esta semiótica de serio/poco serio llega a ser el principio que estructura la ideología del barrio marginal, así que todo el mundo sabe que la banda está haciendo maldad… pero si la maldad es “seria,” será legítima. De esta manera la banda empieza a superar la crítica de “hipócrita,” porque no se presenta como los “buenos contra los malos,” sino como los “serios contra los poco serios.” Su delicuencia y violencia son legítimas porque son serias. La segunda etapa de la legitimización de la hipocrisía depende del cinismo generalizado del pueblo. Tanto el Estado como la banda le han enseñado que todos son corruptos y violentos, y que nadie jamás dice la verdad. Nadie puede esperar nada mejor, y no hay una base firme en donde fundamentar una crítica. Si todos son malos, mejor los malos que tenemos que los posibles peores del futuro, y todos los que prometen un futuro mejor sólo caerán en una hipocrisía más profunda.[77] El pueblo tampoco es una alternativa, porque también es hipócrita; como un informante en un barrio pobre le dijo a Gutiérrez, “El pueblo está cansado de la violencia... pero es violento.” [78] El filósofo Esloveno Slavoj Zizek dice que la verdadera ideología de la pos-modernidad no es el capitalismo neoliberal, sino en cinismo, porque es la postura cínica que mantiene los poderes del mundo;[79]creo que su hipótesis es tan apuntada en los barrios marginales como en los Estados Unidos. La última etapa de la legitimización de la hipocrisía de la banda es la más triste, porque surge de la complicidad de la comunidad. De alguna forma perversa, la gente saca provecho de la maldad de la banda: sus inversiones y gastos económicos, la seguridad que brinda, la venganza que ejerce… y es un triste hecho de la naturaleza humana que no queremos conocer lo malo que se hace para darnos lo que queremos. ¿Cómo es, por ejemplo, que 44% de la población norteamericano sigue apoyando a George Bush, ya que todo mundo sabe que tortura y desaparición son políticas formales y establecidas de su administración? Porque esta gente concientemente desconocen la verdad y deciden no escucharla. Sólo quiere que alguién haga el “trabajo sucio” para que ellos vivan en paz y prosperidad. Este fenómeno, que Zizek llama “la voluntad de no saber”[80]es también muy pertinente a la coyuntura del barrio marginal, donde la gente también quiere paz y prosperidad, y prefieren no saber que la banda está masacrando a los jóvenes. La comunidad llega a ser cómplice de otras maneras, también. ¿Cuando son los únicos momentos que los gordos de Botero pierden su silencio y rigidez? En medio de la violencia – tanto como víctimas como victimarios. De repente, los cuerpos son más humanos, las bocas abren en llantos o gritos, los ojos dejan lágrimas.[81] En la violencia, la banda encuentra un goce – el del poder, de ser agente de la Ley – pero el pueblo también lo encuentra. Si observamos bien las caras de la gente de Cazuca o las comunas de Medellín, vemos que tienen casi un orgullo de la violencia de sus barrios. En parte es el orgullo de poder sobrevivir en un contexto terrible; en parte es el placer del chisme; en parte es el gusto de ser excepcional, un aspecto de la mitología pos-moderna internacional; y parte es el placer de quejar de la violencia. De todas maneras, el placer de la comunidad se vincula con el placer de la banda, lo que constituye una complicidad en la hipocrisía. No quiero dejar mi crítica al cinismo con esta nota negativa. Es importante notar que hay muchos jóvenes que rechazan esta hipocrisía, que no serán tan tranquilizados por el cinismo. El rap “La hipocrisía” que cité al principio de esta sección empieza con una crítica al cinismo, pero después concluye con una alternativa: “El mundo es también nuestro la vida es una sola al otro lado de la esperanza haremos una ola.”[82] ConclusionesEmpezamos con una pregunta muy sencilla – ¿Por qué es que gran parte de la comunidad otorga su apoyo a la banda que perjudica sus intereses? – pero hemos visto que la pregunta no era para nada sencilla. La legitimidad de la banda depende de una serie de factores, desde la corrupción del Estado y el cinismo generalizado hasta los “servicios” brindados por la banda y la estructura ideológica del clientelismo. Sin embargo, el motivo de este ensayo no era sólo pensar en cómo la banda se legitmiza, sino también como el pueblo puede desligitimzar el poder de la banda. Claramente, esta pregunta no cabe en el espacio de un ensayo ya largo en demasía, y este año, Shine a Light está dedicando el Proyecto contra la Violencia de las Bandas para ofrecer unas soluciones. Sin embargo, creo que podemos sugerir cómo comenzar este proceso de desligitimización. Propongo algunas pistas que surgen de esta reflexión: 1. Promover el protagonismo de la sociedad civil de base en los barrios marginales. Cuando que otros actores puedan brindar los “servicios” que brindaba la banda, la banda pierde su razón de ser. 2. Desconstruir los valores de la banda, enfatizando en la solidaridad de la gente y enseñando que todos necesitamos muchas cosas que no son dinero como respuesta a la ideología que la banda, la que siempre coloca el dinero encima de todo.[83] 3. Renovar sistemas tradicionales de solidaridad y resolución de conflictos, tanto como construir nuevas versiones de las mismas 4. Atacar la ideología del clientelismo, sea ejercida por el Estado, la banda, o por nosotros, las mismas ONGs. 5. Exponer y concientizar sobre los mecanismos de construcción de enemigos y de pasividad que forman la base de la legitimización de la banda. 6. Subvertir el cinismo por organizar y mobilizar movimientos sociales que cumplen sus promesas y que permiten que todos los habitantes de los barrios marginales sean protagonistas sociales. Ciertamente podemos pensar en otras estrategias, siempre adecuadas para los contextos particulares donde estamos trabajando. Lo importante es que el concepto filosófico de la legitimidad abre nuevas puertas para actuar en los barrios más violentos, construyendo un futuro mejor para las personas que han surfido la injusticia, la exclusión, y la violencia. *Director Ejecutivo, Shine a Light, la red internacional pro niños de la calle. Este ensayo se preparó para el Seminario Internacional sobre conflictividades urbanas y posibilidades de transformación, Medellín, 5-7 Septiembre 2004. [1]Dato compilado por la ONG Taller de Vida. Comunicación personal, 9 de Septiembre, 2003 [2]En este ensayo, usaré la palabra “banda” para referir a los actores armados organizados y bastante grandes: los que tienen hegemonía en los barrios. Las agrupaciones pequeñas armadas, sean criminales o no, serán denominadas “parches,” según el uso de la jerga en Colombia. [3]Hernando Roldán, Mónica Arias, y Gerardo Vásquez, comunicación personal, 19 de Julio 2004 [4]Gutiérrez, Francisco, "¿Ciudadanos en Armas?" en Centro de Estudios Sociales, Las Violencias: inclusión creciente. Bogotá: Universidad Nacional (Ciencias Humanas): 1998, p. 190. También dice: "No dejará de notar esta inflexión de (proto) ciudadanods y pedagogos en armas, que quisieran mirarse parcial o principalment como una policía cívica." (ibid, p. 189) [5]ver Cuellar, María Mercedes, "Valores, instituciones, y capital social," Estrategia # 268 (1997). Citado en Rubio, Mauricio, "Rebeldes y Criminales." Centro de Estudios Sociales, Las Violencias: inclusión creciente. Bogotá: Universidad Nacional (Ciencias Humanas): 1998, p. 125 (nota a pie de página) [6]No quiero exagerar aquí: hay pobres que viven en areas bajo el control del gobierno (por ejemplo, en el sur de Bogotá al norte de las montañas) tanto como ricos que viven en areas controladas por los paras (ganaderos en Córdoba, por ejemplo), pero podemos dar la regla general que es meas probable que un pobre vive en una región bajo el control de un actor para-estatal. [7]Gutiérrez, p. 200 [8]Ramos, Leandro Formas de violencia urbana populares. Bogotá, Universidad Nacional (tesis, sociología) 2001, p. 269 [9]Entrevistas con niños y jóvenes en Altos de Cazucá, Julio 2004. Otro joven no estuvo de acuerdo: “Aquí ni avisan a quien van a matar. Es él que caiga.” (Entrevista con Carlos Cortés, 17 de Julio, 2004) [10]Entrevistas con niños y jóvenes en Altos de Cazuca, Junio 2004. Leandro Ramos notó la misma relación entre policía y paramilitares en Berlín, Suba, Bogotá. Ramos, p. 219 [11]Véase especialmente Colombia Nunca Más : crímenes de lese humanidad. Bogotá: (varias ONGs), Noviembre 2000. Vol. I. [12]En esta sección, mi análisis depende mucho de las herramientas desarrolladas en Luke Dowdney, Niños en el Tráfico de Drogas. Rio de Janeiro: COAV y Save the Children, 2003. [13]Para un estudio de las formas de empleo de la población de Cazuca, véase González, Celinda y Rey, Olga. Niñez y Desplazmiento. Bogotá: Universidad Nacional (tesis, trabajo social) 2001 [14]Entrevista con jovenes paramilitares, Altos de Cazuca, 19 de Mayo y 26 de Junio, 2004. Otros fuentes sugieren que este salario es normal para un joven reclutado. [15]Para una análisis de las consecuencias de esta dependencia, véase mi “Calle de la Agonía” (Abril, 2004), disponible en “Ensayos para entender la calle” de www.shinealight.org. [16]Cubides, Fernando, “De lo privado y lo público." en Centro de Estudios Sociales, Las Violencias: inclusión creciente. Bogotá: Universidad Nacional (Ciencias Humanas): 1998, p. 25 [17]Bello Marta et al. Relatos de la Violencia: impacto del dezplazamiento forzado en la niñez y juventud. Bogotá, Universidad Nacional, 2000, p. 55 [18]Salazar, Alfonzo. No nacimos pa' semilla. Bogotá, CINEP, 1994, p. 112 [19]Entrevista con los integrantes del movimiento social “Picacho con Futuro”, Medellín, 21 Julio, 2004 [20]No es decir que otras bandas en otros paises no manejan un discurso de valores, sino que este discurso es particularmente exagerado en Colombia. [21]Entrevista con Carlos Cortés, 17 de Julio, 2004. Sr. Cortés hopotizó que hubo un elemento de racismo en esta historia, que la pandilla no toleró la manera más abierta que los negros costeños manejan el coqueteo y el sexo. [22]Gutiérrez, pp. 196-7 [23]ibid, p. 197 [24]No he podido confirmar esta cifra; sin embargo, aunque mientan, su orgullo muestra un importantes sistema de valores. [25]Gutiérrez, p. 192 [26]ibid, p. 197. Muchos jóvenes de Cazuca contaron una historia parecida, indicando que este proceso ya se ha generalizado. [27]Bello Marta et al. Relatos de la Violencia: impacto del dezplazamiento forzado en la niñez y juventud. Bogotá, Universidad Nacional, 2000, p. 219 [28]Ramos, p. 419 [29]González, Celinda y Rey, Olga. Niñez y Desplazmiento. Bogotá: Universidad Nacional (tesis, trabajo social) 2001, p. 131 [30]El proceso es igual en la política norteamericana, donde los Republicanos han usado un discurso de “valores de familia” (anti-aborto, anti-feminismo, anti-homosexual) para ganar los votos de la clase trabajadora. [31]González, Fernán. "La violencia política y la construcción de lo público en Colombia. (en Las Violencias), p. 167 [32]Idea de Ligia Inés Vélez Ceballos, comunicación personal, 22 de Junio, 2004. [33]González, p. 173. La mejor análisis que yo he visto de este proceso se encuentra en Cien Años de Soledad, cuando el político Apolinar Moscote intenta ejercer su autoridad (cedida por el Estado, pero sin base real) encima de Macondo y los Buendía. García Márquez, Gabriel. Cien Años de Soledad. Barcelona: Argos Vergara, 1981. pp. 53 y adelante. [34]Cubides, p. 25 [35]Gutiérrez, p. 198 [36]Conversación con jóvenes de Cazuca, 29 Mayo, 2004 [37]Vea también la sección sobre hipocrisía y clientelismo, abajo. [38]Ramos, pp. 40-49 [39]En Julio, 2004, gran porcentaje de los conflictos atendidos por el Centro de Mediación y Resolución de Conflictos (Medellín) tenían que ver con el control que los paramilitares ejercían sobre la piratería del sistema eléctrico en las comunas. (Hernando Roldán, Comunicación personal, 22 Julio, 2004) [40]La muunicipalidad no lleva agua en tubos a los Altos de Cazuca, así que la industria privada (en muchos casos afiliada con los paramilitares) la lleva a los Altos en grandes camiones. [41]La misma dialéctica existe entre George Bush y los “terroristas”: Bush necesita Osama bin-Ladin para justificar y esconder la tiranía que impone sobre los ciudadanos norteamericanos y el mundo. Por eso tiene sentido ontológico que los Estados Unidos creó bin-Ladin y su banda durante la guerra anti-soviética en Afganistán. [42]Gutiérrez, p. 192 [43]Ramos, p. 54 [44]Duque, Haidy. El Papel de la Escuela en el contexto de guerra. una mirada al contexto urbano marginal. Bogotá: Save the Children, 2004, p. 22 [45]Gutiérrez, p. 197 [46]Comunicación personal, Hernando Roldán, 23 de Julio, 2004. [47]Gutiérrez, p. 199 [48]véase también Cubides, p. 22 [49]Gutiérrez, p. 200 [50]Entrevista con el presidente de la Junta de Acción Comunal, Moravia, Medellín, 22 de Julio, 2004. [51]Ardilla Pedraza, Amparo et al, Pandillas Juveniles: una historia de amor y disamor. Bogotá: Secretaria de Educación, 1995, p. 37 [52]Foucault, Michel. “Truth and Power” en The Foucault Reader (ed. Paul Rabinow), NY: Random House, 1984, pp. 51-76 [53]Véase el ensayo sobre Taller de Vida en www.shinealight.org [54]Duque, Haidy. "Niños y niñas víctimas de la guerra de los adultos." en Éxodo, patrimonio, e identidad. Bogotá: Museo Nacional, 2001. p. 339 [55]véase Ramos, p. 260 et seq. El equipo del Centro de Mediación y Resolución de Conflictos confirma esta información. [56]Restrepo, Manuel. Escuela y Desplazamiento: un propuesta pedagógica. Bogotá, Ministerio de Educación, sin fecha, p. 116 [57]Salazar, p. 117 [58]Ramos, entrevista con “N”, p. 61 [59]Molano, Alfredo. Desterrados: crónicas del desairrago. Bogotá: El Áncora, 2001, p. 96 [60]Aquí también es importante notar la falta de perspectiva de los actores armados, la disonancia entre causa y efecto. Ramos cuenta la historia del presidente de la Junta de Acción Comunitaria de Berlín (Suba, Bogotá), quien recibió cuatro amenazas de muerte durante un año. Todas las amenazas era por bobadas: 1. huecos en las vias, 2. arreglo de un tubo, 3. chantaje 4. ubicación de paradero de bus. La única solución a un problema pequeño pareció amenezar la muerte. Ramos, p. 56 [61]Ramos, p. 419 [62]Entrevista con educador de la ACJ-“Yo amo la vida” (Sede Cazuca), 8 Junio, 2004 [63]Ramos nota que en Berlín, durante el verano que hizo su investigación de campo, cada fiesta tenía un asesinato, y muchas tenían dos. Ramos, pp. 62-62. [64]Véase abajo en la sección sobre cinismo. [65]Molano, p. 41 [66]Taller con jóvenes de Taller de Vida, 25 de Julio, 2004 [67]Taller con jóvenes de Taller de Vida, 22 de Mayo, 2004 [68]Combo Negro. “La hipocrisía.” Del disco No a la Guerra, 2004. [69]Ramos, p. 208 [70]Salazar, p. 30 [71]Salazar, p. 114 [72]Aquí, claramente, estoy haciendo referencia a la antropología y lingüística estructural, tanto Saussure como Levi-Strauss. [73]Duque, Papel, p. 18 [74]Ramos, p. 60 [75]“Parcero”, en la jerga bogotana, es un integrante del parche. [76]Salazar, p. 27 [77]véase Peter Sloterdijk , Critique of Cynical Reason (Theory and History of Literature, Vol 40) Minneapolis: University of Minnesota Press, 1988 [78]Gutiérrez, p. 191 [79]Véase Slavoj Zizek. Revolution at the Gates. London: Verso, 2003. Profundizo la reflexión sobre este tema en mi Calle de la Agonía, disponible en www.shinealight.org [80]Slavok Zizek, Entrevista con “The Left Business Observer” (show de radio), April 17, 2003 [81]Botero, Fernando "El arte como testimonio." Una exibición en el Museo Nacional de Colombia, Bogotá: April - Junio 2004 [82]Combo Negro, “La hipocrisía” del disco No a la Guerra. [83]Esta idea surge de una entrevista con los coordinadores de la ONG de base Pichacho con Futuro, Medellín, 21 de Julio, 2004. |
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