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Inseguridad Ciudadana
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CAPITULO I

LOS FACTORES SOCIO-CULTURALES


“... para darle seguridad a la población se tiene que partir del hecho de encontrar fuentes de trabajo a las personas. La necesidad de mucha gente hace que vean como una forma fácil de conseguir las cosas recurrir justamente a la violencia, al asalto, al atraco y todas esas cosas. Entonces, si se generan actividades de trabajo para cada uno de los hogares... esto básicamente tiene que partir de ahí, de la estabilidad del hogar..... Ahora eso se va complementando con otros factores... si no hay una fuente de trabajo en un lugar, el hombre sale a buscar trabajo, se encuentra con unos amigos, encuentran una chichería, se ponen a farrear, la mujer lo propio... Entonces la proliferación de chicherías también es otro factor…”.
- Testimonio de un residente de Villa Sebastián Pagador -

En el camino hacia una comprensión de las percepciones de violencia e inseguridad en los barrios periurbanos de Cochabamba, nos ha parecido importante, primero, una aproximación a la realidad sociocultural de estos barrios, desde la perspectiva de sus habitantes.

Una buena parte de ellos es migrante y se ha asentado en la capital valluna con la esperanza de lograr mejores condiciones de vida. Sin embargo, muchas familias migrantes no han sido capaces de superar la precariedad de sus nuevas condiciones, caracterizadas por carencias en los servicios básicos, escasas oportunidades de trabajo y otros factores relacionados con la exclusión social. En tales entornos, marcados por una inseguridad existencial permanente, destaca la relación establecida por los entrevistados entre su inseguridad económica (pobreza, desempleo, subempleo, falta de perspectivas) y la inseguridad física (convertirse en víctima de violencias, robos, etcétera): “
Los únicos que están seguros son los ricos, ¿no? O sea, los que mínimamente pueden pagarse su guardia… o tener sus casas bien hechos, con barandas.”.
Destaca en el discurso la ansiedad que despierta la eventualidad de un robo o una agresión, y el deseo de proteger a la familia de posibles delitos:
“Se siente siempre mucha inseguridad…Yo tengo miedo de que se entren los ladrones, ese es mi miedo…Yo tengo mis hijos pequeños, a ver ¿qué haría si el ladrón se llega a entrar a mi casa, qué haría yo, cómo defiendo a mis hijos?..., el ladrón más bien cualquier cosa me puede hacer a mí…”.
Existe un sentimiento de temor latente que se expresa mediante anécdotas de numerosos hechos delictivos. Los testimonios dan cuenta de un alto nivel de tensión, que a su vez se atribuye a un aumento de la violencia en los espacios públicos: “Desde hace unos siete años más o menos ha empeorado. Era un poco más tranquilo, no se veía tanta delincuencia. Uno podía salir, digamos tranquilo, a farrearse, ¿no? Pero ahora uno ya no puede salir... hay que salir entre cuatro...”.

Sin embargo, también hay percepciones de la realidad con diferente enfoque: “Entonces yo creo que los medios de comunicación, el mismo gobierno, la misma Policía han inflado lo del tema de inseguridad. Ahora todos hablan, ¿no? Por ejemplo en mi barrio se puso de moda una temporada la policía privada, hasta que igual había robos, ahora ya no hay policías y la gente se ha calmado. Pero siempre uno... cuando llega de noche... o sea no es como antes que tú llegabas a cualquier hora y tranquilo, ¿no? Ahora ya dudas, ¿no? Por ahí me pueden... me puede pasar algo, porque claro, todos los días la prensa sensacionalista habla de eso.”

De esta manera, abrimos una ventana al universo de los barrios, recogiendo algunas de las perspectivas populares respecto a la vida familiar, las condiciones materiales y psicológicas y los factores sociales que les afectan, en su relación con el tema de la inseguridad. A contra luz se podrá apreciar la correlación entre la inseguridad física y la inseguridad económica, como hilo conductor de este capítulo.


Seguridad y condiciones de vida

Los barrios peri-urbanos de Cochabamba se caracterizan por su baja calidad de vida. La población es mayormente de procedencia rural y las tasas de pobreza y de desempleo son altas. “No hay fuentes de trabajo,” es una expresión común de los habitantes. Muchos de ellos trabajan de manera eventual y en circunstancias precarias, como comerciantes minoristas o vendedores ambulantes en la Cancha1 o en las calles de la ciudad, esperando que se les oferte algún trabajo como albañil, carpintero, obrero o empleada doméstica. Otros pobladores trabajan en talleres informales de confección de prendas de vestir.
Por otro lado, los ingresos, cuando se tienen, son exiguos: “
Los salarios…no alcanzan para poder subsistir”, afirman, poniendo de esta manera al descubierto cuadros de pobreza aguda que aumentan dramatismo a los delitos cometidos contra los escasos bienes de estas familias. Para ellas el impacto del hurto o del robo es enorme.
Muchas personas entrevistadas son conscientes de la relación entre las condiciones de pobreza y la inseguridad en sus barrios: “
Si hay esa inseguridad es también fruto de la gran pobreza que hay, ¿no?”… “Yo pienso que también hay delincuentes porque no les dan opción, no hay trabajo.” Para mejorar las condiciones de seguridad, subrayan, hay que aliviar el problema de desempleo: “…donde vivo, hay un barrio, barrio Kami, hay una cantidad inmensa de gente, y esa gente no tiene trabajo, hay muchachos de diecisiete, dieciséis años que están ahí deambulando en el barrio, y ese barrio es sumamente peligroso. A eso de las siete de la noche no puede ir uno a ese barrio. Peligrosísimo... Entonces, si esta gente se mantendría ocupada yo creo que en la noche llegarían a descansar, pero todo el día duermen y en la noche salen, eso es.”
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1 La Cancha es el mercado popular de Cochabamba. Es el más grande del país y tiene carácter permanente, aunque suele expandirse en ciertas épocas, por ejemplo en tiempos de fiestas.



La convivencia familiar

La convivencia familiar se presenta como un factor importante de la falta de seguridad y un eslabón en la señalada relación entre inseguridad y pobreza: “Entonces creemos que con los salarios... los salarios no alcanzan para poder subsistir... a la familia... a los padres de familia en realidad no les alcanza, ¿no? Es por esta situación que la madre tiene que ayudar al padre de familia para poder subsistir, dar la alimentación y la vestimenta de los hijos.....el padre se va a trabajar, la madre se va a vender, nuestros niños quedan desamparados, ¿no?”.

Para algunos vecinos existe una relación directa entre el tener empleo y la posibilidad de crear un hogar estable: “Chiquitos que viven por mi barrio…me dicen: ‘no, pues, en mi casa no hay nada que comer, mis papás se pelean’”. Otros identifican diferentes factores al interior de cada familia que mutilan los soportes básicos de estabilidad familiar: “Toda la cuestión de la seguridad o inseguridad creo que parte ya de uno mismo, cómo estamos actuando al interior de nuestras familias.”, sostiene un vecino. “No hay el amor familiar” opina otro, enfatizando las diferencias que existen dentro las familias, en este caso con respecto a la comunicación al interior del núcleo familiar: “Yo creo [que] habría un poquito que charlar en nuestros hogares a nuestros hijos…no les hemos enseñado en el hogar los valores principales a los hijos”.
Estas percepciones sobre la falta de armonía y comunicación familiar tienen su punto culminante en la violencia doméstica, ejercida generalmente contra mujeres, niños y niñas, y considerada por varios vecinos como un importante factor de inseguridad y pérdida de la convivencia. Los problemas derivados del consumo de alcohol incrementan este tipo de violencia: “
…Normalmente la gente se va a beber, llega a su casa y se desquita”. Las familias con problemas de violencia o separación pueden llegar a expulsar a los niños a la calle generando situaciones de aún mayor inseguridad con poblaciones infantiles sin ninguna protección familiar, tal como lo sugieren algunos vecinos: “Y hay muchas familias que son divorciadas…y la misma falta de empleo hace que las parejas peleen.”… “Los polillas2 mayormente vienen de esas familias que están en divorcio…, son de familias que se han dado a la bebida.”. De esta forma, el deterioro de las relaciones familiares es visto como generador de mayor inseguridad: “‘Mi mamá no me quiere dar, entonces ¿qué tengo que hacer?, tengo que robar, de mi mamá mismo tengo que robar’, así dicen los jóvenes”.
Muchos vecinos advierten la necesidad de una mayor cercanía con los hijos, aunque al mismo tiempo son conscientes de los obstáculos que deben enfrentar, como el hecho de verse obligados a trabajar la mayor parte del día lejos de sus hogares: “…con esta economía a la fuerza tenemos que salir a trabajar papá y mamá y los hijos quedan abandonados, y ya no hay control, más se guían de la calle... Porque más antes había un poquito más de trabajo, y trabajaban los papás, ¿no?, los hombres, las mamás no, había un poco más de control. En este tiempo a la fuerza tenemos que trabajar marido y mujer, entonces ya hay menos control a los niños, a los jóvenes...”.
Otros vecinos tienen una percepción distinta sobre la relación entre padres e hijos:
“No, el control no es tan importante, pero sí la parte afectiva, hacerle sentir a tu hijo que lo estás protegiendo, así te estén ‘machucando’, así te estén matando, pero tú estás protegiendo a tu hijo, le estás haciendo sentir que le estás dando cariño y seguridad a tu hijo. Entonces tu hijo siempre va a tener esa seguridad, hagas lo que hagas siempre va a estar seguro, está respaldado por ti.”.
Los testimonios, sin embargo, coinciden en identificar que existen presiones acumulativas sobre la convivencia familiar como la inseguridad económica, la violencia doméstica, el consumo de alcohol y la falta de comunicación, factores que erosionan la convivencia familiar y pueden llevar a la delincuencia. “Hay familias que son conocidas por “pulidoras”. Hay maridos “pulidores”. Escuchas y dices: Ah! El fulanito! Eso es normal. Los niños ya están acostumbrados a esa forma de vida... Se ponen en un rinconcito y miran lo que le pega a su mamá... Bueno, ahora de muchas de esas familias los hijos ya han crecido, están jovencitos, los jovencitos se dedican al alcohol, es lo que he visto en la mayoría... las mujercitas aparecen con sus hijitos, madres solteras... o los chicos se dedican a caminar por su cuenta, a robar...”
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2 Polilla: término con el cual algunos sectores de la población denominan al niño o niña que vive en las calles.



Ser joven en un barrio pobre

La situación del barrio, siendo el primer escenario público explorado por los niños y jóvenes para jugar, encontrarse y divertirse, es otra fuente de constante preocupación. Las percepciones barriales dan cuenta de una serie de cambios dentro sus entornos urbanos, cambios que parecen generar ansiedad: “Ni los niños ya no son libres de jugar en la calle. De la escuela también hay que ir a recoger, hay que llevar, porque ya hay ese... tantos casos ya he escuchado que a los niños les han hecho… Ya no hay esa confianza ya de que nuestras wawas3 estén tranquilas.”

Algunos vecinos describen la pérdida de una tranquilidad antes característica de muchos de estos espacios sociales. Mencionan la desaparición de los juegos de los niños en la calle, hoy confinados en sus casas, y el temor a que éstos sean blanco de algún tipo de delito:
“…has debido notar la misma gente en la calle, los niños ya no están mucho en la calle, porque hay mucho temor... Yo me acuerdo que cuando era chica yo... en la calle jugábamos hasta las doce, una de la madrugada, y no pasaba nada, pero ahora no, ahora no se puede, ni cuando uno es grande...”.
Para algunos entrevistados existe una estrecha relación entre lo que ocurre en la casa y en el barrio. Entienden que si los niños y jóvenes no aprenden de sus padres las normas necesarias para desarrollar relaciones sociales armoniosas y saludables, y por el contrario son víctimas de la violencia en sus hogares, éstos aprenden a comportarse con violencia. Y si en la calle encuentran un escenario que no desmiente sino que más bien confirma este esquema, no parece haber muchas alternativas. Para aquellos padres que buscan educar a sus hijos en un ambiente distinto, la situación puede convertirse en una fuente de preocupación constante: “Mis hijos están metidos con esa gente violenta, desde niños están creciendo con violencia.”

Los espacios de esparcimiento público en el barrio ya no son considerados sanos. Un buen ejemplo es la percepción que existe sobre los juegos electrónicos:
“No son cositas educativas sino más de guerra, de karate, de todo eso.” Entre las principales preocupaciones también está el consumo de drogas ilícitas: “Ahora hay tanta niñez y juventud que se está dedicando a la droga.” La desconfianza en particular se dirige a los lugares de reunión de los jóvenes: “Nuestros hijos no van con la intención de fumar o algo, pero hay muchos malos amigos, hay los que están vendiendo.”4

Uno de los lugares de esparcimiento más visitados en las zonas populares es la chichería5, lugar por excelencia de la sociabilidad popular, pero al mismo tiempo, imagen viva de todos los desarreglos y ‘vicios’ sociales, en la visión de muchos entrevistados:
“A veces el padre no trabaja por estar en la chichería y vuelve borracho a su casa. ¿Qué ejemplo tienen los hijos, dónde van a parar esos hijos..?”.

La multiplicación de chicherías en las zonas populares es mirada con recelo, pues se considera uno de los principales medios de cultivo de la delincuencia. Muchas anécdotas dan cuenta de la existencia, en el imaginario colectivo, de una relación entre chichería, delito y también juventud:
“Los hijos aprenden a tomar también, y en la chichería se conocen con las pandillas”. “Una chica dice que… se estaba yendo a su casa dos cuadras, se bajó del trufi6 y salieron dos borrachos de la chichería, se la agarraron y se la llevaron,… y la violaron a la chica, una chica de dieciocho años, jovencita”. De acuerdo a los entrevistados, la ausencia de alternativas sanas de diversión, hace que muchos jóvenes converjan en estos espacios: “Jovencitos están tomando, de catorce años están tomando en las chicherías, porque no hay que cosa puedan hacer.”

Estas carencias son percibidas igualmente por algunos jóvenes, que señalan la ausencia de políticas estatales para canalizar las actividades de la población juvenil que se encuentra en situación de desatención o abandono:
“En los barrios periféricos no hay políticas culturales desde el Estado, ni desde el Municipio, ni nada. Entonces el joven tiene que ir a la chichería... porque no hay nada más... ni siquiera hay a veces otros centros culturales ni espacios libres como en otros países”.

De esta manera, la población juvenil de muchos barrios pobres tiende a ser un blanco de preocupación y también de desconfianza. Un muchacho opina:
“Por cualquier cosita la gente va y ve jóvenes, si son jóvenes, son ellos [los delincuentes]..., peor si no los conocen en el barrio”. Frecuentemente, el joven es estigmatizado por el hecho de ser joven: “Entonces todavía en estos temas hay mucho prejuicio. Y también hay ese esquema, bueno, de que donde hay una fiesta todos son malos, todos son borrachos, todos son drogadictos,... pero no es así, ¿no? Yo creo que hay que romper ese estigma, como antes se hacía, de que siempre los jóvenes son los delincuentes. Y eso afecta, ¿no?”

Así pues, la percepción que asocia al joven con el delito tiende a criminalizar la juventud, más aún si el joven es pobre. De esta forma, la criminalización de la juventud termina fundida con la criminalización de la pobreza. La combinación de ambos fenómenos hace que la vida de los jóvenes de los barrios pobres transcurra con menos seguridad, al margen de la licitud o ilicitud de sus acciones personales. En ese sentido, no parece casual que muchos de los linchamientos ocurridos en los últimos años en Cochabamba, hayan tenido a jóvenes como sus principales víctimas.
Esta realidad de discriminación es expresada por varios de los jóvenes entrevistados: “En el mercado de Colcapirhua, antes se reunían dos grupos… son grupos de baile que se reunían todas las noches para ensayar, todas las noches, pero solamente ha quedado este grupo... ¿Por qué? Porque ha habido un momento... El rollo ha sido en que una de esas noches... la gente se reúne y... ¿para qué será? Seguramente van a robar. Cuando lo único que hacían era bailar ahí en el mercado.”

En la percepción de los jóvenes, la tendencia de los adultos a estigmatizar a la juventud da, mas bien, lugar al surgimiento de nuevas situaciones de inseguridad: “Y los de la OTB7 se han reunido un día para botarlos. Y ellos después ¿qué van a hacer? Si no están ahí bailando van a estar en las chicherías. Y en la chichería sí puede ser que lleguen a formar un grupo que realice actos de violencia. Entonces es un poco cuestionante. Es justamente por esta cuestión de la inseguridad que tiene la gente... pero esta inseguridad hace que se genere o que nazcan nuevos grupos que realizan actos violentos.” Los jóvenes ven que es muy difícil superar esta situación de discriminación: “Ellos [los adultos] siempre te van a ver como un chiquito, que no tienes razón, te falta experiencia…, y ellos después nos catalogan de borrachos.”

En consecuencia, existen entre los jóvenes muchos temores – de sus padres, de los vecinos y de las autoridades, especialmente de la Policía: “
Tienes temor hacia tus padres, por lo tanto ocultas cosas, ¿no? Pero también sientes temor hacia las autoridades, no puedes hacer ciertas cosas -¿por qué?- porque sino, el policía o tal guardia va a venir a interrumpir, ¿no?”. “Entonces para algunas cosas que queremos hacer en público entonces sí existe ese temor, porque existe ese tipo de discriminación, y el momento en que se da.., inclusive llega a actos violentos, porque algunos jóvenes... somos a ratos bien rebeldes, ¿no? .. o sea, tenemos diferentes formas de pensar.”
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3 Wawa (quechua): niño o niña
4 Vale la aclaración que en Bolivia no es común que se reconozca distinción alguna entre las distintas sustancias psicoactivas. En el discurso generalizado todas son “drogas”.
5 Chichería: lugar de expendio de la ‘chicha’, una tradicional bebida de bajo precio producida del maíz fermentado. Su consumo es popular en Cochabamba y alrededores.
6 Trufi: minibús, medio de transporte público urbano.
7 OTB: Organización Territorial de Base. Es la forma organizativa que adoptan los barrios, en el marco de los límites de su espacio vecinal, a efecto de su representación ante autoridades y organizaciones externas.




Proyecciones del temor colectivo

Los testimonios ponen de manifiesto expresiones reveladoras del miedo en los barrios, como proyecciones colectivas del temor a la delincuencia. Una de éstas es el miedo proyectado en los visitantes que llegan al barrio. Se sospecha del extraño quien, en ocasiones, tildado de ser delincuente, corre el riesgo de ser reprimido cuando no eliminado.
Algunos vecinos tienen la creencia de que los delincuentes no cometen delitos contra los habitantes del mismo barrio:
“Por lo menos... lo que me han explicado es que el ladrón en su mismo barrio no roba, va a los barrios vecinos... entonces... pero sí, son cercanos”. Esta imagen, que relaciona el mal con lo ajeno y desconocido, acarrea grandes consecuencias para las relaciones sociales de los pobladores con personas ajenas al barrio: “Ven a un desconocido y ya te agarran. En Arani lo han matado a un joven nomás, de una de las señoras era su sobrino”. En especial los jóvenes expresan su temor de visitar, de día o de noche, los barrios de sus amigos: “Resulta que yo no puedo ir a otro barrio, no? Si mi chica está en otro barrio no puedo ir, no soy del barrio, ni ir de noche. Peor de noche, no puedo ir a estudiar a la casa de un compañero si hay examen.”
El “taxi blanco” es otra de las figuras en que ha quedado encarnada la sensación de peligro y miedo a la delincuencia en las zonas populares: “Taxi blanco camina dice...” señala una señora, aludiendo a este vehículo de transporte, de color blanco, como un instrumento empleado en la comisión de actos delictivos: “... Allá en mi barrio hay un problema que más o menos ya se ha saldado, pero ha habido un tiempo que constantemente iba el denominado taxi blanco. Esa movilidad aparecía en la noche, inclusive en el día aparecía, y a las chicas les quitaba el bolso a algunas; a otras, por no soltar el bolso, las arrastraba…”.
Si bien es posible que muchos de los delitos en la ciudad y sus alrededores sean cometidos a bordo de algún taxi blanco, obviamente no se trata de un solo taxi. Por el contrario, la cantidad de vehículos en la ciudad de estas características hace probable que sean muchos. Los taxis, gracias a su gran popularidad8 y su difícil individualización – casi todos son blancos – ofrecen una buena cobertura en la realización de robos y asaltos.
Otra imagen que aflora en las representaciones sobre inseguridad hace referencia a aquella modalidad de robo en que una persona se encarama a un árbol, a la espera de su víctima. El miedo a esta práctica delictiva ha llevado a los pobladores de muchos barrios a eliminar de raíz los árboles de las aceras:
“En esta calle... casi todos los árboles, todos los Paraísos, los hemos sacado... porque a partir de las siete de la noche es oscuro... y desde que han aprendido a subir a los árboles y desde ahí caerles... hemos tenido que sacar los árboles. Nos han dicho que hemos cometido un crimen, yo entiendo, pero, ¿qué se puede hacer?”
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8 La libre importación al país en los últimos diez años de decenas de miles de autos usados de estas características, denominados ‘chutos’, ha abaratado sus costos y facilitado su adquisición por grupos poblacionales de bajos recursos. A falta de suficientes fuentes de empleo, muchos de estos autos posibilitan el eventual oficio de taxista.



Cambios en el espíritu comunitario

Las mutilaciones hechas a sus espacios públicos, como es el caso de la eliminación de los árboles, parecen relacionarse con cambios más globales en las dinámicas comunitarias. Ciertos cambios ocurridos en el tejido social de los barrios, no han pasado desapercibidos para algunos de los vecinos. Sectores antes tranquilos son ahora considerados inseguros: “Hace años Cerro Verde nunca era peligroso. Yo me acuerdo cuando era pequeño tenía amigos en Cerro Verde y me iba a estudiar con ellos hasta las diez, once y bajaba tranquilo, pero ahora uno que suba a las diez, once de la noche ya tienes que regresar sin nada”. Hay vecindarios que llegan incluso a exhibir advertencias públicas: “Por ejemplo aquí en la parte de Los Cantaritos, si pasas, todavía deben persistir unos letreros donde dice: ‘Zona Roja’. O sea, ya te avisan, si tú pasas es tu riesgo, tú a sabiendas estás pasando por allí, sabes a lo que te estás exponiendo por ahí.”

Por otra parte, el anonimato parece haber ganado terreno en muchos barrios:
“Entonces creo que es sobre todo esa inseguridad…porque al final puede pasar algo o le han apuñalado o le han asaltado, tú llamas y nunca viene la Policía, ¿no?...hemos llegado a tal punto que ni en el barrio nos conocemos, ¿no?. “En respuesta, algunos optan, simple y llanamente, por reducir los intercambios nocturnos con el mundo exterior, como medida de seguridad: “La verdad es que todos nos metemos a nuestra casa y no salimos. Yo, por ejemplo, en la noche no salgo, en el día sí puedo salir...”.
El gran tamaño de población es un factor frecuentemente citado como obstáculo al cultivo de un espíritu comunitario: “
Ahora somos una población de 30 mil, no hay la costumbre de juntarnos o hablar el mismo idioma.” La existencia individualizada de la población local, se dice, contribuye al clima de desconfianza en el barrio. En consecuencia, no habría ya la misma capacidad de acordar formas de protección contra la criminalidad. “O sea, hemos llegado a tal grado que nos interesa más nuestra vida familiar y no tanto a nivel de barrio, ¿no? Eso más en los barrios porque creo que en otras comunidades [del campo], todavía la gente se conoce. Pero así ya en los barrios, en las ciudades, en el área urbana, no.”

Ante las dificultades de las familias para cumplir con sus funciones de instrumento primordial de la protección de sus miembros, algunos vecinos piensan que es la comunidad la llamada a venir en su auxilio; una comunidad, empero, que muchos perciben como inexistente:
‘Cuando la familia no está, es la comunidad la que tiene que jugar un rol importante, y la comunidad tiene que ser respaldada por las instituciones..., [pero] aquí no existe la comunidad… los niños quedan abandonados.”

Varios entrevistados, al evocar épocas pasadas, no solo advierten cambios a nivel económico, tal como se destacó anteriormente; recuerdan también tiempos en los que el barrio controlaba de manera colectiva al delito a partir de mecanismos que expresaban la existencia de un determinado tipo y grado de cohesión social. Para algunos, la diferencia con la situación actual de su barrio reside principalmente en el aumento del número de habitantes: “
Antes cuando la población no era muy numerosa, eran pocos, había más control, era más fácil agarrar al ladrón.”. Otros observan que los cambios pueden estar relacionados con la migración de una comunidad con un espíritu más rural a otra con características más urbanas, o con la transformación de la primera en la segunda. Los líderes tradicionales del campo, dicen, funcionaban con más autoridad y poder: “En el campo... hay más respeto todavía a nuestras autoridades. Cuando está el corregidor con su chicote le tienen miedo…aquí [en la ciudad] no hay eso”. La observación constituye, a la vez, una autocrítica a la calidad de los actuales líderes sociales: “Los frentes políticos nos han dividido.”… “Cada dirigente tiene su partido político. En realidad creo que es un descuido de nosotros como dirigentes.”

Son alusiones claras a la penetración, en el universo barrial, de la política partidaria, que se ha constituido en una fuente de conflictos y divisiones frecuentemente citadas en las charlas (en el capítulo II abordaremos este tema en mayor profundidad).

A modo de conclusión, podemos decir que la ausencia de mecanismos efectivos de auto-protección colectiva es atribuida a muchos factores, entre los que se destacan: los procesos de expansión poblacional, el individualismo y la pérdida de los tradicionales mecanismos rurales de cohesión social, el mismo ambiente de inseguridad y la desconfianza hacia el otro, así como la influencia divisionista de la política partidaria.
La desarticulación del espíritu comunitario entre los residentes de los barrios y la desconfianza disminuyen las posibilidades de crear e implementar instrumentos colectivos con los que puedan enfrentar sus problemas de inseguridad; de modo que estos cambios son a la vez producto de la inseguridad, y causantes de más inseguridad. Es exactamente lo que un joven resumió en la siguiente frase:
“Si les quitan [a los jóvenes] este espacio de reunión, de baile, entonces ellos a qué se van a dedicar… van a hacer otra cosa. Entonces no se dan cuenta de que este error que están cometiendo puede hacer que la cuestión sea más grande”.
El temor y la desconfianza parecen habitar la conciencia colectiva de los habitantes de los barrios periurbanos de Cochabamba, aunque matizada por algunas percepciones más optimistas. Los entrevistados, al vincular sus percepciones sobre la inseguridad con las carencias económicas que enfrentan a diario, expresan su frustración y desesperación por situaciones cuyo control, sienten, se les escapa de las manos. En ese escenario, ¿cuál es, en la visión de la gente, el rol que cumplen los órganos oficialmente encargados de velar por la seguridad y la justicia?

 
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