Inseguridad ciudadana
Epílogo de la publicación: "Huellas de Fuego. Crónica de un linchamiento" | Epílogo de la publicación: "Huellas de Fuego. Crónica de un linchamiento" |
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Junio de 2003 Por Rose Marie Ach
La búsqueda de la justicia es uno de los fines más nobles, pero se hace particularmente difícil cuando en el camino se atraviesan los miedos, las frustraciones y las angustias de la vida cotidiana. Esos sentimientos, vinculados a la ineficiencia del Estado, la corrupción, la pobreza y otras fallas estructurales, suelen desviar el sentido de la justicia y dar inicio a una espiral de violencia continúa en el seno de la misma sociedad. Un grupo humano que vive en una situación permanente de indefensión e insatisfacción de sus necesidades básicas, no suele detenerse a analizar las causas de los problemas y más bien tiende a ejecutar actos extremos y desesperados. Esa reacción se expresa, de la forma más dramática, en los actos de linchamiento. Son denominados "justicia por mano propia", pero siguen una concepción de justicia que tiene poco que ver con los ideales de equidad, imparcialidad y respeto a la dignidad humana. La historia que narramos a ustedes corresponde a un linchamiento que tuvo lugar el viernes 10 de marzo de 1995 en la ciudad de Cochabamba. Fue destacado por nosotros como caso emblemático porque pensamos que guarda características similares a muchos de los linchamientos que se han ido produciendo con posterioridad en el país. Esto quiere decir que el caso ha carecido de una intervención efectiva de la justicia, que la víctima ha resultado ser inocente o nunca se ha llegado a determinar su culpabilidad en algún delito, y que los autores del linchamiento han logrado permanecer cubiertos por un manto de impunidad. La situación posterior a este acto ha sido similar a la de los demás casos, no ha quedado más que el recuerdo de la inmolación y los ecos de los gritos, sin que se haya sentido un impacto real en la búsqueda de la seguridad y la justicia. En el caso presente, las víctimas del linchamiento lograron sobrevivir, pero entendemos que igual se trata de un acto de linchamiento, y no de un simple intento, porque la pretensión de los que actuaron era hacer "justicia por mano propia", fuera del marco de la ley. Y esa pretensión se realizó. El linchamiento es una forma de castigo y, en realidad, la mayoría de los actos similares que se han producido en el país han culminado sin llegar a la muerte. Obviamente, alcanzan mayor repercusión a través de los medios de comunicación aquellos en los que la víctima ha fallecido. La investigación de este caso ha llevado más de tres años, y para su publicación hemos cambiado los nombres de personas y lugares, y algunos datos secundarios. Esto por motivos de seguridad de los involucrados y para no circunscribir la problemática a un solo barrio de la ciudad de Cochabamba. Los actos de "justicia por mano propia" se han ido incrementando los últimos años en todo el país y también en el exterior, y ya son parte de la realidad latinoamericana. Pretendemos que esta publicación sea un aporte al debate actual sobre las formas de enfrentar la inseguridad y la injusticia. Queremos introducir en ese debate algunas ideas, interrogantes y propuestas. Creemos que para encontrar soluciones efectivas es necesario considerar todos los aspectos de la realidad. Por ello, debemos profundizar la reflexión sobre las verdades que se esconden detrás de los actos de "justicia por mano propia" y examinar la concepción de lo que se entiende por "seguridad ciudadana". Los linchamientos suelen provocar un sinnúmero de sensaciones y opiniones encontradas en el seno de la sociedad. Sin embargo, dejando a un lado por un momento el análisis que cada persona pueda tener y la mayor o menor sensibilidad que exprese frente a la problemática social, vemos que existe una realidad que permanece expuesta en forma invariable: Los linchamientos son actos de violencia extrema que se producen entre las mismas víctimas del sistema. Tanto las víctimas de los linchamientos como los autores de los mismos generalmente han sufrido, a lo largo de su existencia, vivencias similares de pobreza, injusticia y desesperanza, es decir, ambos provienen de los mismos estratos sociales. Una mirada al presente caso o a otros similares nos muestra la existencia de una multiplicidad de problemas de fondo. La violencia y la injusticia de la vida actual tienen causas políticas, sociales, económicas, culturales y estructurales. Nos preguntamos: “la guerra de pobres contra pobres va a solucionar esas causas” Creemos que no. Más bien, de esa manera los responsables de elaborar las políticas públicas no van a ser exigidos para el cumplimiento cabal de su función y tampoco los responsables de una ineficaz administración de justicia van a ser interpelados o sancionados. Por otra parte, queremos analizar las deformaciones que ha ido sufriendo la concepción de lo que se entiende por seguridad. Existía un concepto de la seguridad humana vinculado al logro del desarrollo humano ya que, llegando a esa meta, las personas lograrían tener las capacidades para vivir con menos miedos e inseguridad. La seguridad humana implicaba entonces el ejercicio pleno de los derechos humanos y la vigencia de los principios de justicia, libertad y dignidad. Sin embargo, la preocupación por desarrollar esa concepción de seguridad parece que ha sido dejada a un lado. Por alguna razón, cuando se habla de seguridad actualmente, el interés suele estar dirigido sólo al contexto de los delitos contra la propiedad y al consumo de drogas, elementos que son considerados como el problema mayor a enfrentar. La prioridad hoy parece ser el logro de la justicia penal, y se ha dejado en lugar secundario a la búsqueda de justicia social. Creemos que los robos y hurtos, la violencia callejera o las drogas, que son inherentes a la vida social y al sistema en que vivimos, agravan la situación de inseguridad y de injusticia, pero constituyen sólo una parte del problema. Además, son consecuencias de motivos anteriores. Y no nos parece que sea efectivo atacar única y directamente las consecuencias, olvidando las causas. En este punto, nos planteamos otras interrogantes: ¿Qué factores, subjetivos y objetivos, intervinieron para que la población haya llegado a asociar la seguridad sólo con la delincuencia callejera? ¿Y por qué la delincuencia enemiga es únicamente aquella delincuencia que es cometida por los más pobres? También observamos las diversas expresiones de conflicto que coexisten en la vida social, formando una cadena de muchas violencias, unas dependiendo de las otras. Por ejemplo, la violencia intrafamiliar, que es una situación muy tangible en la historia que narramos, es parte de la realidad de muchas familias y se constituye en un disparador de posteriores violencias en el seno de la sociedad. La violencia del Estado también está presente, la que proviene de las acciones directas de los funcionarios o la que deriva de las medidas y políticas que generan mayor exclusión. Y otro problema que debe ser mencionado es la ausencia de una conciencia plena de respeto a los derechos de los demás y de cumplimiento de la ley. ¿Cómo podemos enfrentar el problema? Aplicar más violencia a la que ya existe no nos parecer una medida efectiva. Una actitud de violencia siempre ocasiona una respuesta similar y se desencadena una espiral de agresiones mutuas en la cual todos somos vulnerables. Circunstancias similares han sido observadas innumerables veces en las situaciones de conflicto en el continente, porque el autoritarismo puede esconder los problemas durante un tiempo, pero no los resuelve. También en nuestra vida diaria, vemos que la práctica de los linchamientos no ha evitado que sigan produciéndose robos y hurtos. La aplicación de la simple represión en algunas áreas produce que el delito se reorganice y arremeta en otras que han quedado con menos protección. A la vez, van aumentando las formas violentas del delito. A esto se agrega otra realidad perversa: La inseguridad social que pueden generar los mismos linchamientos. Se han conocido varios casos ya de estudiantes o jóvenes trabajadores que, confundidos con delincuentes por su apariencia de pobreza, por su forma de vestir o por sus rasgos físicos, fueron asesinados, maltratados o incapacitados para siempre en actos ciegos de "justicia por mano propia". Este es uno de los mayores ejemplos de la criminalización de la pobreza. Otro punto que nos parece interesante resaltar en el debate está referido a las raíces del miedo. La inseguridad tiene un componente subjetivo, y muchas veces esta sensación está influenciada por factores externos o no corresponde a los niveles de riesgo reales frente al delito. ¿Cómo podemos desarrollar capacidades para enfrentar los sentimientos de inseguridad? Creemos que, si analizamos de dónde vienen los problemas, si tenemos lectura crítica y no aceptamos pasivamente la teoría de que los enemigos están entre nosotros y son los más pobres, podremos encontrar maneras justas y eficaces de enfrentar la inseguridad, la injusticia y los conflictos de la vida cotidiana. Un orden social no puede estar basado en miedos y en violencia, sino en consensos y en equilibrio. Por eso no podemos pedir sólo la aplicación de políticas de represión sin priorizar la elaboración de políticas sociales. Compartimos con ustedes esta historia y estas reflexiones para aportar al desarrollo de alternativas y propuestas comunes. Es responsabilidad de todos encontrar la mejor forma para alcanzar el desarrollo humano que anhelamos, para vivir con menos violencia y más justicia.
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