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Seguridad en Cochabamba: percepciones, conflictos y respuestas PDF Imprimir E-Mail

Septiembre de 2004

Por Theo Roncken

A fines del 2002 Acción Andina Bolivia publicó el libro: ‘Huellas de fuego – Crónica de un linchamiento’. Es el testimonio de Marco, quien en 1995 fue golpeado y quemado por un grupo de habitantes de un barrio de Cochabamba.

“Nuevamente apareció la mujer con el bidón de gasolina y le roció completamente, no se hizo ningún problema…encendió un fósforo y se le acercó, fue una especie de explosión que se escuchó…él comenzó a arder, era impresionante la forma cómo ardía y cómo gritaba el muchacho. Lo habían amarrado al poste con sogas plásticas entonces mientras él ardía la soga también ardió y llegó un momento en que se derritió, entonces él jaló las manos y se desamarró…en la desesperación corrió cuesta abajo, se le salieron los zapatos, pata pelada siguió corriendo pisando espinos, no sentía, seguramente.”

No se encontraron posteriormente evidencias de que Marco fuera autor del delito que se le imputaba.  Desde entonces en Bolivia se han hecho muy comunes los linchamientos sin que exista en la sociedad un buen entendimiento del fenómeno en sí, ni de los factores que influyen en su práctica.

Entre 2003 y 2004 Acción Andina Bolivia realizó una veintena de charlas con grupos de pobladores de los barrios afectados, con el objetivo inicial de identificar algunos de estos factores. Consideramos que, en primer lugar, es necesario revelar y analizar las verdades y problemáticas que se encuentran encubiertas detrás de cada acto de linchamiento, e introducir en el debate esos aspectos de fondo que pueden aportar a la búsqueda de otras formas, justas y más efectivas, de enfrentar la inseguridad.

La desprotección frente a la inseguridad sistémica

Un inventario de las acciones realizadas o comentadas por los entrevistados demuestra que de ninguna manera la población espera con pasividad que sean el Estado o terceras personas quienes les resuelvan los problemas de inseguridad. Y sin embargo, existe una cierta resignación, producto de una gran frustración por las falencias sistémicas que obstaculizan la búsqueda de respuestas colectivas. Estas falencias han dejado entre los vecinos una profunda sensación de desprotección.

Frente a la a Policía

Uno de los temas centrales lo conforman las experiencias con funcionarios de la Policía, instrumento que, para muchos, no cumple su función como protector del ciudadano. La posibilidad de un encuentro con los uniformados inspira temor: ‘Mucho es el temor a que le interroguen, entonces, la gente prefiere callarse’.

La desconfianza hacia la Comisaría del barrio también es explicada desde la mala imagen sobre el funcionamiento de ésta: ‘A los carabineritos que trabajan ahí les importa un comino lo que suceda’. Los testimonios denuncian la existencia de un interés económico: ‘Ese policía que está destinado en esta Comisaría, tiene que autofinanciarse para el desayuno, para el almuerzo y para la cena’.  La voz popular tampoco ya se asombra de la complicidad del aparato estatal con el crimen organizado: ‘La Policía como los ladrones son, jefes de altos mandos están inmersos en la delincuencia’.

Frente a la violencia de la calle

La falta de protección por parte de la Policía también conlleva una mayor (sensación de) vulnerabilidad en aquellas personas que buscan alternativas de solución a la violencia. Una mujer comenta cómo ella fue atacada luego de haber salido en defensa de una madre cuyos hijos fueron violados por el marido: ‘a la mujer le han hecho que se retracte en la denuncia, ha salido el hombre [del arresto], y ha venido a pegarme’. La actitud común es, en consecuencia, no meterse en los asuntos ajenos: ‘Mi mamá me decía: “Hija, nunca tienes que mirar a un ratero. Te van a fichar y cualquier rato te pueden agarrar”. Nunca hay que hablar’.

A veces las historias hacen referencia a verdaderas redes de encubrimiento que no les permiten a los pobladores organizarse para implementar soluciones de fondo. Es el caso de las “chicherías”. Una educadora de Valle Hermoso relata: ‘mucha gente del barrio trabaja en estos locales.., y muchos de los dueños han apadrinado a la gente del barrio, entonces cuando hacemos un reclamo no nos salta solamente el dueño del local sino los vecinos más’.

Frente a la Justicia

La desconfianza que muestran los entrevistados hacia la Policía no es menor para el sistema de Justicia y sus operadores, cuya actuación es percibida como dependiente del dinero que ponen los querellantes: ‘Para el delincuente se brindan cuatro, cinco profesionales pero para un ciudadano común y corriente no hay ni uno’.

Con la entrada en vigencia del actual Código de Procedimiento Penal (mayo 2001), la desprotección, en el sentir de la gente, ha aumentado: ‘Las leyes han empeorado en vez de mejorar, con el nuevo código la delincuencia ha llegado a crecer’. Se menciona dos motivos, ambos estrechamente vinculados con la búsqueda de una administración de la Justicia que respete a los derechos humanos. Uno tiene que ver con el control más estricto a los procedimientos de interrogación: ‘antes los delincuentes tenían miedo de llegar ahí a la Comisaría, ahora ya no se les puede tocar un pelo’. El segundo motivo está relacionado con los tiempos legales de la detención: ‘Solamente tienen 48 horas para investigar un caso, Todos están saliendo libres.’

Para los entrevistados está claro que las consecuencias negativas las carga el ciudadano común: ‘Si llegamos a la Policía, en dos, tres días va a estar afuera y con más fuerza va a venir a matarnos’. Y suele ser peor para aquellas personas que actúan en representación de su barrio: ‘Los chicos, que no eran de más de 20-22 años, se me han reído: “Dirigente”; después de ocho horas ya podían estar atacándome o algo’.

De acuerdo a esta lógica, incluso los organismos de defensa de los derechos humanos, son un factor de inseguridad: ‘Derechos Humanos viene, y si no hay la parte demandante nadie puede acusar, lo retiran y nuevamente está el malhechor en la calle’.

Dificultades propias de las respuestas colectivas

Existen referencias a un pasado más o menos reciente que revelan una importante frustración en torno a la pérdida de los mecanismos de control social que alguna vez existieron. Una de estas referencias es de Villa Sebastián Pagador, un barrio que en veinte años se ha expandido vertiginosamente: ‘Antes, cuando la población no era muy numerosa, había más control, era más fácil agarrar al ladrón. Ahora somos una población de 30 mil, no hay la costumbre de juntarnos o hablar el mismo idioma.’ Una señora reflexiona: ‘Cuando la familia no está, es la comunidad la que tiene que jugar un rol importante, y la comunidad tiene que ser respaldada por las instituciones. Aquí no existe la comunidad, los niños quedan abandonados’.

Se busca: dirigentes idóneos

Es común escuchar quejas sobre la actuación de dirigentes locales. El caso de la venta de lotes en Villa Sebastián Pagador es emblemático: ‘Han debido ser los años 80-85, cuando la coca estaba en su auge, y los “loteadores”, con que la gente es humilde, vendían un lote a dos, tres personas. En acuerdo con [la] Alcaldía, con los arquitectos, los mismos dirigentes se prestaban a eso, todos se encubrían.’ Nuevamente, se percibe que la situación persiste debido a la complicidad con estructuras del aparato estatal: ‘Los dirigentes están siendo elegidos a dedo. No dejan aquí [surgir] líderes jóvenes, a los muchachos los amenazan’.

Vigilancia comunitaria

De las múltiples iniciativas de “vigilancia comunitaria” que surgieron a partir del 2001 con el apoyo de la Municipalidad, pocas han funcionado aunque sea un par de meses. Por un lado, el mismo abuso de poder ya ilustrado actuó como un obstáculo: ‘¿Qué hacía el dirigente? Metía a su señora, a su hijo, a su sobrino, han creado nepotismo. Eso es lo que no le ha gustado a la población’. Pero en muchos casos, los pobladores nunca se adueñaron de la idea, que surgió más desde las autoridades que desde los barrios. Y la distancia entre estos ámbitos es enorme: ‘de las autoridades, pocas conocen los barrios peri-urbanos. Sin conocer, ¿qué pueden hacer por nosotros?’.

La Seguridad Privada: solución parcial

El vacío, resultante de la ausencia de respuestas estatales y/o colectivas a la creciente noción de inseguridad, catalizó la oferta de los servicios de “Seguridad Privada”. En apenas cuatro años (2000-2004) esta oferta se disparó. Los conflictos entre la Policía y el personal de algunas de estas empresas, como también la actuación violenta de los últimos en los espacios públicos en donde operan, han generado un debate inconcluso que reclama un mayor control administrativo sobre este sector sumamente dinámico.

La introducción de estos servicios en los barrios residenciales y populares de la ciudad, ha sido un proceso caótico que corresponde en buena parte a las leyes del libre mercado, y que merece la pena ser analizado en otro momento. A mediados del 2004, un primer sondeo de dicho proceso muestra la existencia de experiencias muy diversas de los pobladores con un sinfín de empresas más o menos estables que compiten para preservar y/o ampliar sus espacios en un mercado que sigue expandiéndose. En comparación con la Policía, la vigilancia privada goza de un relativo grado de confianza: ‘dentro de media hora la misma persona que ha robado ya está andando por ahí, pero los seguridades no permiten eso’. Los mismos integrantes de una de las empresas reconocen este aprecio: ‘Nos ven de una manera un poco más categorizada’. Pero también hay opiniones y experiencias contrarias: ‘Son los delincuentes que han puesto su seguridad privada, y si no le pagas bien entonces empiezan a robar’.

Existe conciencia sobre las limitaciones inherentes de la vigilancia privada. Se cuestiona la eficiencia: ‘Querían matar a un muchacho de seguridad privada, la gente se ha asustado, se ha metido en sus casas y no ha querido salir’. También hay escepticismo sobre el alcance real de este instrumento: ‘Esas cosas se han solucionado en la Cancha [pero] en los barrios, por todos los lugares alejaditos ya van a robar’.

El linchamiento como respuesta de emergencia

‘Una vez que Félix Mora estuvo en manos de la turba, de nada sirvieron las súplicas de su padre y de sus hermanos para que lo liberen del enojo de la gente. De acuerdo al relato de los parientes, los pobladores se hallaban en estado de ebriedad debido a que el hecho ocurrió cerca de una chichería. La furia de los vecinos llevó a que los instigadores del linchamiento amarren al joven sobre una catre, le sujeten sus extremidades superiores y el cuello con alambres. Una vez aprisionado en el mueble, sus agresores lo golpearon con piedras y ladrillos. La ferocidad de los agresores se convirtió en un martirio cuando decidieron estrangular al muchacho en presencia de sus familiares con una horca hecha de alambre’ (Los Tiempos, 23 de Agosto de 2004).

Este hecho, ocurrido en el barrio Ushpa Ushpa, reúne todas las características del linchamiento, la respuesta de emergencia a la inseguridad pública que se encuentra en boga en los barrios periféricos de Cochabamba.

Aunque entre los mismos pobladores existe el reconocimiento de que el linchamiento no es la respuesta adecuada a sus problemas de seguridad, de las entrevistas surgen varios justificativos para su uso. El más común de éstos es la impotencia para cambiar algo: ‘Yo también tengo esa actitud de linchar, porque no veo la otra. ‘La gente humilde estamos cansados de la corrupción del gobierno’. Hay referencias a la necesidad de ‘cobrar’ por los daños ocasionados: ‘[el delincuente] ha hecho daño también. Entonces tiene que nomás pagar.’ También existe la esperanza de que pueda haber un efecto por acobardamiento: ‘Aquí en Villa Pagador se han hecho respetar con los ladrones porque los queman’. Este tipo de razonamiento parece estar muy enraizado en la conciencia colectiva: ‘Hay un grupo de chiquillos, donde mi casa, hemos amenazado: “aquí nosotros vamos a colgarles, vamos a atizarles, cenizas les vamos a hacer”. De ahí se han perdido’.

¿Actos impulsivos?

Se suele ver a los linchamientos como actos impulsivos: ‘La gente está demasiado cansada, entonces qué hacen, le agarran, lo linchan, sin querer queriendo muchas veces.’ Sin embargo, la realidad subyacente es otra. Los linchamientos, aunque se inician al calor emotivo del momento, a menudo tardan horas y hasta un día convirtiéndose en un verdadero ajusticiamiento de las víctimas. Es común que en alguna etapa de este proceso se utilice gasolina y fuego para quemar, en vida o ya muerto, al presunto delincuente. Aquí ya existe la pre-meditación ‘Es por eso el linchamiento, pues porque siempre andan amenazando, o vuelven al mismo lugar y hacen más fechorías’.

Un testimonio de Villa Sebastián Pagador señala a las mujeres como las autoras principales de los linchamientos de su barrio: ‘A eso de las diez, once de la mañana, están las mujeres, los niños también están, son los proveedores de piedras los niños’. Hay referencias a un posible factor cultural: ‘Allá en Primero de Mayo, son de Achacachi, si vas a Achacachi, de noche no pasas, te matan y te comen’.

¿Justicia Comunitaria?

Estas referencias a la vez establecen un supuesto vínculo directo del linchamiento con la Justicia Comunitaria: ‘Esto del linchamiento es una tradición.., antes no había policías, entonces ellos han buscado una manera de cómo enseñar, de cómo hacer escarmentar, ha sido el linchamiento’. Sin ser acompañada por un análisis a profundidad, la asociación con la Justicia Comunitaria ha encontrado bastante eco en las noticias públicas sobre el tema, y de alguna manera ofrece un halo de legitimidad a los actos de linchamiento: ‘El Código de Procedimiento Penal dice que está autorizada la justicia comunitaria. Si no llega la justicia tendríamos que aplicar la justicia de esas leyes comunitarias. O sea, desaparecerles, colgarles’. Asimismo, hay representantes del Estado que parecen contribuir a la justificación pública de los linchamientos: ‘lo entregamos a la Policía, y en esa ocasión los policías al ver a ese señor dijeron: “Y por qué no lo mataron? Nosotros con éste ya no podemos hacer nada”.’

En varias ocasiones se ha llegado a establecer con posterioridad que la víctima de un linchamiento no había cometido el delito del cual los vecinos le acusaron. En un caso, se llegó a evitar el ajusticiamiento: ‘Un cristiano había habido: “Parece que es inocente él, ¿por qué no le escuchamos?” Y recién ahí el grupo se había tranquilizado’. Pero por lo general no se logra controlar a la turba: ‘Ahora la gente humilde que está en los barrios desconfía. Ven a un extraño, entonces, ya, debe ser ratero, dicen’.

De todas maneras, como es el caso con la Seguridad Privada, existe conciencia sobre las limitaciones del linchamiento como respuesta eficaz a la inseguridad en los barrios: ‘ahora no da resultado, creo, porque aquí calma, allá empieza’.

Propuestas desde los barrios

Al comentar los múltiples “Planes de Seguridad Ciudadana” que en estos últimos años han sido presentados por los representantes del Estado, hay unanimidad sobre el criterio de que éstos no están dirigidos a resolver los problemas de inseguridad de los barrios periféricos: ‘El Estado se va a ir a los efectos, y los efectos le hacen plantear esas propuestas’.

Sin embargo, amplios sectores de la sociedad aceptan las nociones planteadas desde el poder político que son reproducidas sin más por los medios de comunicación. En la práctica, esta definición estrecha de la Seguridad Ciudadana está dirigida principalmente a eliminar la delincuencia marginal y la violencia que ésta genera. Es una visión absolutista que habla de la eliminación de la delincuencia, que además se asienta en una suposición falsa: la lucha de los “buenos” contra los “malos”. Se ha configurado la noción de un “enemigo interno”, que es el marginado, contra quien se aplica una serie de apelativos para discriminarlo, despersonalizarlo y cosificarlo, como si fuera de una especie distinta al resto de la sociedad.

El ámbito familiar

En contraste con estas visiones represivas, los entrevistados en muchos comentarios vinculan el problema de la violencia en su barrio a la violencia intrafamiliar: ‘Ya no hay respeto en las familias, hay mucho maltrato’ [y] los hijos más bien les tienen miedo a sus padres’, así como a la necesidad de tomar acción en el ámbito de la familia: ‘Lamentablemente, todavía hay muchas mujeres que aceptan vivir ultrajadas, manoseadas, menospreciadas.’ ‘Si demostramos que queremos hacer las cosas buenas, los niños van a seguir nuestro ejemplo’.

En el mismo sentido, existen sugerencias para promover y reforzar las soluciones no violentas de los problemas: ‘Cuando dicen “niño de la calle”, es como si la calle hubiera hecho nacer a los niños, pero en realidad son de padre y madre’. ‘Hay detalles que tendríamos que ver y analizar e informar para que los padres y las madres tomen un poco de conciencia de cómo se puede perder a los hijos si no les damos el tiempo, el cariño, el amor’.

Entre vecinos

Una dirigente de barrio, tras realizar, a petición de los padres, varios “seguimientos” a jóvenes debido a su integración en alguna pandilla o por no poder escaparse de la influencia de ésta, concluye: ‘Son cosas que debieran comentarse, a nivel de vecinos, sin nombres’. Pero por lo general existe una tendencia a no entrometerse demasiado en lo que se considera “asuntos internos de cada familia”: ‘Tiene que ser una cosa muy fuerte para que nos metamos’. El “ir contra la corriente” puede ocasionar problemas: ‘Los padres no quieren reconocer que su hijo está en las pandillas’. En el mismo ámbito los jóvenes piden que se considere sus aportes con seriedad: ‘Ellos siempre te van a ver como un chiquito, que no tienes razón, te falta experiencia’; además de que sean respetadas sus expresiones sociales: ‘Si les quitan este espacio de reunión, de baile, entonces ellos a qué se van a dedicar, van a hacer otra cosa. No se dan cuenta de que este error que están cometiendo puede hacer que la cuestión sea más grande’.

Con respecto a los linchamientos, un tema que merece un análisis más exhaustivo es el posible rol de los líderes de la comunidad. Una dirigente comenta: ‘En algún momento han querido lincharlos y a quien le quieren dar la decisión es al dirigente del barrio’. Ella intervino en tres ocasiones logrando revertir la situación a tiempo: ‘mucho depende de cuánto te conocen y cómo los has tratado siempre. Ahí sí puedes parar una turba, cuando te conocen de ser muy respetuosa, de que sí respetas la vida y a ellos, a cada uno también’.

Responsabilidades del Estado

De las muchas críticas de los entrevistados dirigidas a los ámbitos del Estado surgen también sugerencias concretas para su mejor funcionamiento. Algunas ideas son planteadas específicamente. Al nivel de los barrios, los vecinos reclaman espacios públicos “verdes”: ‘escuelas de deportes, de arte y tantas otras cosas’. Los jóvenes reclaman su participación activa en las actividades y decisiones del municipio.

En un nivel superior, la primera necesidad que surge con fuerza es ‘implementar políticas sociales que puedan defendernos de esta masa de delincuencia’, en particular se menciona el trabajo, también para los “delincuentes”: ‘Hacerles trabajar hasta que tengan que estar bien rehabilitados’. Se pide transparencia sobre el funcionamiento de los aparatos estatales, en particular la Policía: ‘Como población no conocemos lo que pasa con la Policía’, e influencia en su destino: ‘Que la Policía y la Justicia cumplan su labor es parte de nuestra responsabilidad’’.

 
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